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Número 10

El semillero del fútbol argentino

Todos los sábados y casi todos los domingos jugamos.

Hay domingos que no, porque ése es el día en que, cada tanto, nos vemos obligados a visitar al resto de la familia.

Al Ponchi le encanta ver a sus primos, a sus abuelas, a sus tíos, pero yo odio eso.

No es que no adore a la familia: me gusta extrañarlos, recordar cómo era, cada uno de ellos, hace veinte años; y que mi mamá me cuente, por teléfono, a veces, quién se murió, quién se casó, quién cayó en la droga.

Con eso alcanza.

Prefiero que nos quedemos en casa y que vayamos al Parque Lezama a jugar a la pelota.

Incluso cuando hace mucho frío.

El calor de la pasión nos abriga. El Ponchi sabe pisarla, levantar la cabeza antes de dar el pase, pegar patadas imperceptibles, a la altura de los tobillos, tirarse cuando apenas lo tocan, cabecear con los ojos abiertos, y gritar “ole, ole, te cagué guacho”, cada vez que gambetea. Ya tenemos armados los equipos para el próximo partido.

En el mío van a jugar el pibe que siempre anda con un chupetín; uno al que el Ponchi llama “el chiquito” -pero es más grande que él, tiene siete años- y el de la camiseta de Boca.

En el otro van a estar: el que no la pasa nunca, los dos hermanos cabeza de sandía y obviamente, el Ponchi, cuya función en la cancha será la de siempre, quedarse cerca del arco contrario y gritar, todo el tiempo, “pasala amigo”, esperando el momento oportuno para hacer los goles.

Así se llaman entre ellos, entre los pequeños futbolistas del Parque Lezama, “Amigo”.

Yo mismo me descubro, muchas veces, diciendo “dale, amigo, pasala”. A veces él dice que cuando sea grande va ser futbolista.

Pero también dice que va ser quiosquero y policía.

Ser policía, para él, es andar con armas, es manejar coches a toda velocidad, es pegarle a cualquiera sin tener que dar explicaciones.

El quiosquero, por supuesto, es el que tiene las gaseosas y los huevos Kinder y las golosinas.

El Ponchi los imagina millonarios.

Sólo un millonario puede almacenar esa increíble cantidad de chicles con tatuaje. (Escribí este relato porque muchos lectores me preguntan casi diariamente si seguimos jugando a la pelota con el Ponchi.

Los que leyeron “Días de fútbol en Parque Lezama”, e n Odradek 1, ahora podrán enterarse de los progresos futbolísticos del niño).

Ariel Bermani