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Número 10

Luz mala
Piripiquio

La radio me cuenta, la maestra, el abuelo y la abuela me cuentan.

Me cuenta mi papá y mi mamá.

Cuando estoy en la cama me sigo contando.

Me digo yo te cu ento; y me cue nto.

Grande soy, la patria habla de mí, las trompetas de bronce festejan mi última batalla. Cuente amigo, lo escucho. En el año treinta en Buenos Aires escapa de un policía, las chapitas de los tacos son chispas en el empedrado, sube las escaleras de un conventillo de maderas crujientes y entra en la pieza sin prender la luz.

Saca el revólver de un cajón y ahí está jadeando.

Gatilla al bulto que rueda en un aullido, con un olor a sangre que mata.

Se ilumina la pieza.

El cana en la puerta ríe, es un loco -Ja, me quiso matar a mi y mató a la madre. Sagrada y todo la vieja es una mancha de sangre que se extiende.

No le quedan lágrimas para el resto de sus días.

Mastica las rejas de la cárcel, ve a otros hombres charlando con sus madres, su vida es un tormento: el cielo se le oscurece al mediodía. -Ese tiene frío en el balero- dicen otros varones.

Mi santa madrecita- todo lo que simula no sirve para nada, ya se sabe su historia con desprecio. Nunca se pudo consolar.

La radio contó: ¿Es verdad que de mi pieza se ha hecho dueño otro varón? Estaba desesperado, hacía con la uña cruces en las rejas.

Los guardias creyendo que se había convertido lo soltaron, pero al salir mató a toda la familia, incluso al nene que adoraba tanto. Preso con una cadena que le quema las muñecas, saben que la lucha es cruel y es mucha: algunas mujeres lo lloran hundidas en distintas macetas con malvones. Era chico, los grandes me confundían diciendo que en definitiva la patria nos quería a todos, dejando de lado a los que no queríamos a la patria; diciendo que alguna vez tendría mi destino, sería grande, haría una vida a mi antojo, para decir después que no se puede vivir de antojos. El que hacía la cruz sobre las rejas declaró en el solcito a cuatro periodistas: No sabía lo que hacía, la fuerza del destino gobernó mi brazo, la pasión se apoderó de mi, algo me dejó ciego, la luz mala quizá, yo no lo sé.

Si sé una cosa, madre hay una sola, como Dios no hay ninguno, yo no quiero muñeco con cabeza.

Me dan ganas de matar, tengo ganas de que se pudra todo, no sé porqué soy tan malo, amén.

Cayó redondito, fulminado por el rayo divino.

Germán García