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Número 9

Duermevela

S intió una presión en la espalda, y después como un golpeteo.

De nuevo la presión, y el corno golpeteo.

sonó una Y otra vez vez y se la mantuvo, presión, más anunció estirada.

su lejanía con una larga nota.

El Por debajo y hacia los costados, surgió un rallador de truenos salpicado de campanadas, creciendo a sus anchas en la cúspide sonora, oscureciéndose en el hueco del túnel.

Y tras él, el viento, uno, dos, tres vueltas engranando hacia arriba hasta ser rozado por el disco volador de los violines: un afilador (¿cuánto hace que viene caminando hacia ella?). Quiso volver al sueño, pero el sábado se trazó cálido delante de su cara.

Fugazmente, dos pájaros como dos flautas negras, se balancearon en la pérgola.

Giró entre las sábanas hacia el techo, la gata saltó al piso y de allí a la ventana para ver el sol. El invierno se estaba yendo en esos días.

Las hojas frescas de las campanitas se reflejaban mil veces en el vidrio mecido por el aire. Por eso se levantó.

Por la simpleza del efecto.

Se levantó y fue hasta la ventana. La gata volvió a la cama y se durmió enseguida. En toda la habitación no había una sola prenda que sirviera para salir de allí. Sólo una gasa de flores que la enroscó desde los pies y la llevó hasta la puerta.

Se vio de espaldas, abriendo la puerta, desdibujada por un fulgor amarillo. Tomó su desayuno y repasó, frotando con los dedos la piel suave del brazo opuesto, todo lo que había vivido la tarde anterior.

Todavía no podía creerlo, necesitaba repetirlo en la pantalla constante de su cuerpo. La taza de café se agigantó hasta ocupar toda la cocina.

Blanda, pero pesadamente, amenazante. Volvió a escuchar los violines, cada vez más apagados, después del vibrar de triángulos incesantes: el afilador estaría yéndose. De nuevo el tren.

Tan cerca uno de otro los trenes pasan bajo el puente interminable.

Vibran las paredes, el colchón.

Tiene que despertar. Vestirse y salir, olvidarse y recordar.

Empezar de nuevo.

Levantarse. Levantarse de una buena vez y desayunar. La cabeza le da vueltas por dentro, una vez más, como las paletas del ventilador en un bar caliente del Caribe. Ahí está.

Ahí está de nuevo el techo.

Espeso de tan gris, le aplasta el cuello. Pensó que había dormido con los ojos abiertos, tan incierto era el dolor.

Nora Martinez