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DOMICILIO DESCONOCIDO

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Número 11

Tarea ingrata

Cuando entro a esos edificios, generalmente ubicados en Puerto Madero, me siento observada todo el tiempo.

Imagino cámaras por todas partes, y realmente creo que están ahí: detrás de las paredes en cada oficina, adentro de los ascensores, en los pasillos y en los botones de los trajes de los empleados.

Por eso, apenas ingreso empiezo a actuar. Me presento en el hall de entrada pero nunca les basta con mi palabra.

Me piden documentos y aunque aviso que en el piso 18 me están esperando, se toman el trabajo de anunciarme y de paso consultar: “Acá hay una persona que dice que es periodista...”.

Es evidente que no me creen.

Por eso yo tampoco me creo nada de lo que pasa ahí adentro. Llamo a un ascensor y me concentro para la función.

Bajo y me reciben, blancos y lustrosos, los dientes de las recepcionistas.

Me vuelvo a presentar.

Después tengo que esperar, siempre hay que esperarlos un rato, aunque uno llegue más tarde para no tener que esperar. Aparece la secretaria y me lleva hasta una oficina donde hay un sillón enorme y cómodo en el que no debo sentarme.

Entonces entra el directivo con su traje de cinco mil dólares, uñas de cien, pelo de ciento cincuenta y zapatos de dos mil. Prendo el grabador y largo la primera pregunta.

Él me dice que aumentó la morosidad, que las ventas cayeron, que no pueden invertir y que por eso quieren un subsidio o si no, subir las tarifas y trasladar los costos a los clientes porque ellos así no pueden más.

Yo tampoco puedo más y me voy por la ventana enorme que da al río.

Escucho a medias y por un momento no sé qué dice.

Vuelvo a escuchar.

No le creo.

Se calla y le pregunto por el nuevo servicio.

Trato de mostrarme atenta y lo miro fijo.

Le miro un ojo, después le miro el otro y ya no puedo mirarle los dos a la vez.

Le miro la nariz. Le lanzo otra pregunta y, junto con ella, un puntito de saliva sale disparado del ápice de mi lengua y se deposita delicada pero perceptiblemente en el vidrio que recubre el escritorio del ejecutivo.

Los dos miramos el puntito como si fuera una cosa espantosa y desagradable.

Estiro un dedo para esfumar la prueba del delito pero dejo una mancha más grande.

Pruebo con una servilleta.

Él, que observó cada movimiento mío, ahora sonríe.

Tengo ganas de escupirle bien escupido todo el escritorio pero elijo agradecerle su tiempo y salir por la puerta grande del hall de entrada.

Yanina Bouche