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Número 11

Dos historias extrañas
Final de acto

La pelusita El austríaco se quedó con el pretexto de talar árboles y después tallarlos.

Quiso dibujarla, pintarla, esculpirla en madera, en piedra, en bronce.

Verla una y otra vez descalza, caminando sobre la hierba húmeda, lo estremecía. El austríaco, desde los ventanales, veía las montañas nevadas, el resplandor del hogar encendido, el ideal de vida vuelto a encontrar por gracia de esa pelusita. Era viejo para ella, tenía un pasado, muchas fotos mal copiadas, muchas cartas ocultas en su historia.

Ella esperaba, miraba la lluvia.

El pintaba, talaba, tallaba. Algunas tardes soleadas ella doraba sus muslos recostada en el pasto, la pelusita traslucía una tonalidad que el austríaco no encontraba palabras para describir. Sus padres se levantaban con el sol y se acostaban con la luna para trabajar la tierra que la alimentó con sus frutos.

Por un lado el trabajo y el ahorro, la vida misma.

Por otro lado la seducción imprevista que aquerenció al austríaco. El había ascendido muchas veces las escaleras de la casa paterna en la ciudad de su infancia, había soportado la mirada terrible de su progenitor, sin una palabra, porque entonces no pintaba, ni talaba, ni tallaba y aún no había descubierto la belleza. La gente la recuerda desnuda, entre girasoles, hastiada, su cuerpo lánguido sobre la tierra húmeda. Cuando el austríaco muera, cuando mueran sus padres, se convertirá en monja de clausura y nadie volverá a saber de sus encantos, que habrán desaparecido con los años. Un desastre Formamos un equipo para ver si era posible eliminar ese ritual: molesta que nos obliguen a besar la panza de los muertos.

Ellos piensan que gran parte de nuestro mal deriva del hecho de que tenemos tendencias instintivas (sic) a olvidarnos de la muerte.

Pero esta costumbre es indignante.

Además somos tantos que algunas veces nos toca besar después de varios días.

Las peleas por ser los primeros, por cumplir cuando el muerto está todavía tibio, han producido hechos de sangre. Por eso he decidido escapar.

Para poder empezar alguna otra cosa, para buscar otro tratamiento, en alguna clínica privada donde se nos trate como...

(sic)...

evitando...

El problema es que ésta también parece ser una clínica privada (por lo menos privada de instrumentos) hecha con capitales extranjeros.

No se entiende la finalidad.

Bueno, para los médicos sí porque encuentran siempre algún cliente para atender por su cuenta, para los enfermeros porque siempre hay algunos pesos en los bolsillos de los que se desmayan...

pero para los internados es un desastre.

Es un desastre, como el propio país.

Germán García