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Número 2

Fahrenheit 451 ¿El fin de la lectofilia?

Recordarán los lectores la novela en la que Ray Bradbury imaginó un mundo donde un cuerpo de bomberos provocaba incendios para destruir los libros, esa “lacra que carcomía los cerebros de una sociedad complaciente”.

Esta referencia dispara la búsqueda para lograr responder al interrogante que abre esta columna: ¿por qué nos transformamos en lectores compulsivos? Yo no recuerdo ya cuándo comencé a sufrir -y utilizo este verbo con toda su carga patológica- este mal que me ha llevado muchas veces a vivir situaciones críticas.

Podría fechar el inicio allá por 1980, cuando un tío mío (ignorando en su buena fe en qué me convertiría con los años) se apareció en mi casa con un ejemplar de Sissí y el fugitivo.

Devoré febrilmente las ciento y tantas páginas que la Biblioteca Billiken en su Serie Roja publicaba para las pequeñas lectoras, y no paré hasta conseguir la saga completa: Sissí joven, Sissí pequeña reina, Sissí emperatriz, Sissí frente a su destino.

Confieso que me decepcionó un poco Sissí en el Tirol, libro que no formaba parte de la colección Billiken (¡qué sabio era Don Constancio Vigil!) y que no era sino un intento artero de Bruguera para “colgarse” del éxito que las aventuras de la joven monarca habían conseguido a costa de calar hondo en los espíritus infantiles como el mío. Siguió a este “despertar” literario, la búsqueda de Platero y yo, de Juan Salvador Gaviota, de las Rimas de Gustavo Adolfo Bécquer, de las aventuras de Hércules Poirot, para pasar luego a García Márquez, su epígono Isabel Allende, el Cortázar cuentista y Edgar Allan Poe. Miles de chanchitos fueron masacrados en la búsqueda de monedas que pudieran cubrir mis necesidades de leer, y a veces pienso en la cantidad de dinero malgastado en inversiones literarias que pudieron haber sido el equivalente al efecto Tequila en materia de capital cultural. En muchas ocasiones, la fiebre de acumulación de títulos varios en muchas ocasiones me puso en riesgo de perder incluso mi propio espacio habitacional.

He peleado codo a codo con los cinco tomos de Los Miserables publicados por Ediciones Jackson, con Los demonios de Dostoievski, con las tragedias completas de Shakespeare y el Papá Goriot de Honoré de Balzac.

Cegada por el vicio, dilapidé cuatro sueldos y un aguinaldo en una colección infame de Historia de la Literatura Universal que dirigió un ignoto madrileño llamado Martín Alonso.

Aún conservan la pureza virginal del celofán los Boletines N° 5 y N° 9 del Instituto de Historia Argentina y Americana Dr.

Emilio Ravignani, los cuales llegaron de yapa acompañando el envío de unos textos de Octavio Paz y un estudio sobre la novela naturalista en la Argentina del '80.

En fin, podría hacer un listado interminable de las muchas veces que la adicción a la lectura me llevó a adquirir cosas tales como los soporíferos Recuerdos literarios de García Merou, o un pseudo estudio llamado Edad Real, realizado por un pseudo psicólogo norteamericano interesado en explicar la pseudo crisis de los 30 años. Vuelvo entonces al interrogante que me planteara al inicio: ¿qué hacer, querido lector, para remediar esta terrible y voluntariamente negada enfermedad que silenciosamente nos consume? ¿Será necesario exhumar a los bomberos de Bradbury? ¿No es acaso ésta una pregunta que debería estar haciéndose a usted mismo, mientras despliega el N° 2 de ODRADEK?

Vanesa Pafundo