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Número 11

Discusiones teológicas
Esquina de pastel

Qué es primero?, ¿el huevo o la gallina? -me preguntó ¿el Ponchi cuando bajamos del colectivo.

No le respondí.

Eran las siete y treinta y ocho de la mañana y faltaban seis cuadras para llegar al colegio.

No estaba en condiciones de comenzar una discusión de esa clase, así, con el estómago vacío y medio dormido. - ¿Qué es primero? -insistió. - No tengo ni la más puta idea -dije, levantando la voz. - La gallina. - Afirmar eso -protesté- implica suponer la existencia de un dios o de muchos, alguien que haya creado a las gallinas. - Dios existe -gritó el Ponchi, poniéndose nervioso. - Si de verdad existe es un reverendo pelotudo -le dije, dispuesto a poner fin a esa conversación ridícula. - ¿Te das cuenta Ary? -casi siempre me llama Ary, pocas veces me llama papá-, ¿te das cuenta que estás diciendo malas palabras delante de tu hijo? Yo soy chiquito. Lo miré con furia.

A éste lo sacudo, hoy, pensé. - Yo después repito -siguió-, repito las cosas que vos me decís y me retan. -Está bien, la gallina es primero -concedí. Íbamos de la mano.

Él pateaba piedritas, botellas vacías, y yo trataba de no pensar en el día que se me venía encima. - ¿Por qué no creés en Dios? -preguntó, de golpe, después de un agradable silencio de dos cuadras y media. - ¿Y vos por qué creés? -lo provoqué. - No, decime vos. - No, vos. - Vos. - Vos. - Vos. - Está bien -me resigné.

Ya el día estaba rodando, no podía volver atrás, volver a la cama-.

Está bien -repetí-.

Creo que Dios existe pero es torpe, tonto.

Creo que hay muchos dioses y a nosotros nos tocó el menos inteligente, un dios subalterno, del cual los dioses superiores se burlan.

Una divinidad decrépita y jubilada que ya se ha muerto. - No entendí una mierda -gritó el Ponchi y se soltó de mi mano. - No digas malas palabras -me quejé. - Tonto -se defendió. - Bobo -ataqué. - Estúpido -dijo él. - Lindo -dije yo. - Feo -dijo él. - Hermoso -dije yo. - Apestoso -dijo él.

Ariel Bermani