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DOMICILIO DESCONOCIDO

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Número 11

El gordo que suda el mejor kefta del mundo

El restaurante donde hacen el mejor kefta del mundo queda sobre un pasaje empedrado, refugio de un par de putas de más de sesenta años, de comerciantes de baratijas, y de seis o siete locales de porno, en la puerta de los cuales unos árabes veinteañeros intentan convencerte de que entres a pasar el rato. El gordo que suda detrás del mostrador, nunca supe su nombre pero me saluda como si fuésemos los mejores amigos de la tierra.

Se pasa un paño sucio y húmedo por la frente y me extiende una mano del tamaño de un obús, fofa, con los dedos como pequeños chorizos.

Me pregunta si quiero lo de siempre, pero no espera la respuesta, porque sabe que a eso vengo. Hay sólo cuatro o cinco mesas, cubiertas con unos manteles de goma marrón, lo que hace que a la hora del almuerzo seamos varios los desconocidos sentados uno al lado del otro.

A veces somos hasta cinco en una sola mesa. Me cuesta un solo ticket de almuerzo el mejor kefta del mundo, y a los demás debe gustarles también, a juzgar por como se llena el local durante la media hora reglamentaria durante la cual todos tenemos que engullirnos la comida como podamos. El gordo sigue sudando, saludando en voz alta, tirando pedazos de carne cruda sobre la parrilla, dándole vueltas a la que está cocida, abriendo panes y sacudiéndoles tomatazos y cebollazos, y un par de cucharones de salsa picante. Suda como un poseso, pero está feliz, porque en media hora vuelve la tranquilidad y su caja registradora estará llena de tickets, como todos los mediodías, gracias al mejor kefta del mundo. “Movéte, movéte”, le grita el gordo al ayudante que distribuye los sándwiches.

Es su marca de fábrica.

Cada uno que entra ya le conoce el latiguillo, y en vez de un “buenos días” lo saluda con un “movéte, movéte”. Cuando por fin me llega el turno doy un buen mordisco, y el picante me hace saltar lágrimas de los ojos. Te hace llorar de placer, el mejor kefta del mundo.

Adrian Drut