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Número 11

Gestos para escribientes

Pocos finales más famosos en la historia de la literatura que el del diario de Cesare Pavese: “Todo esto da asco.

Basta de palabras.

Un gesto.

No escribiré más.” Algunos días después, el 27 de agosto de 1950, Pavese se suicidaba. Menos conocido es el comienzo de uno de los movimientos más vitales de la literatura latinoamericana: “El estridentismo no es una escuela, ni una tendencia, ni una mafia intelectual, como las que aquí se estilan; el estridentismo es una razón de estrategia.

Un gesto.

Una irrupción.” Esto declaraba el líder del estridentismo, Manuel Maples Arce, en 1922. Y entre ambas declaraciones, “un gesto”.

Simétricamente, el estridentismo anuncia con estas palabras su ingreso militante a la literatura y Pavese formula con ellas su despedida.

De una parte, la irrupción; de la otra, la interrupción.

Parece poco probable que Pavese conociera a los estridentistas mexicanos.

Y sin embargo, ahí están esas palabras.

Algo inquietante parece sugerir esa coincidencia.

Porque ¿cómo puede la literatura hacer “gestos”? Los gestos son, si se quiere, el reverso perfecto de la palabra literaria.

Son las herr amientas cuando las palabras no alcanzan, cuando no se puede, o no se quiere, hablar.

Son el modo de hacer sentido que tiene el cuerpo cuando ha sido despojado de la palabra.

En este sentido, los gestos son el complemento del silencio, su compañía más insidiosa. Esas palabras, “un gesto”, sugieren entonces el cuerpo del escriba, la condición, el substrato inexpresable, del acto de escribir.

Pero esas palabras son, también, el resto de esos cuerpos.

Así, al tiempo que marcan un límite, marcan la continuidad entre la escritura y la vida. Liminares, las palabras “un gesto” indican el borde irregular, siempre amenazado, siempre amenazante, entrada o salida, del acto de escribir. ¿Qué otro lugar podrían entonces tener “los gestos”?

Ezequiel De Rosso