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Número 11

Mudanzas
El Mater y Moño

Hace poco alguien me preguntó por qué todavía no mudé los libros mi nueva casa.

Tengo sólo algunos (pocos): los más necesarios, los imprescindibles para el trabajo o el estudio; también los que me fueron devueltos en estos últimos meses, los que me regalaron o los que acabo de comprar. Es que trasladar una biblioteca es muy difícil.

No solamente se trata de la dificultad material que implica la mudanza (conseguir cajas, clasificar, descartar, limpiar los lomos polvorientos, etc.) sino sobre todo pesa el hecho de enfrentarse con la cuestión simbólica de los libros. Me imagino encuentros con textos que he olvidado que están ahí.

Sobre todo, fantaseo con la vergüenza íntima de saber que ya no recuerdo nada de ellos, acaso muy someramente un detalle, pero nada sustancial. También pienso en los libros que acumulé pero no leí, presa de un rapto de “gula literaria” en tiempos en los que un peso valía un dólar y podía darme el gusto de comprar ediciones bilingües de lo que se me ocurriera sin la necesidad de pensar que esa erogación podía costarme un veinte por ciento del alquiler.

Es muy posible también que se dé el caso de recuperar libros que creía perdidos o de hallar textos que juré mil veces que no me habían prestado. Pero además intuyo q ue detrás de estos motivos se esconde una razón más profunda en la reticencia al “cambio de hábitat”, algo ligado al rearmado de las jerarquías de los libros, transformaciones que exceden lo meramente espacial y que significarán un vuelco también en nuestra identidad lectora. Mudar la biblioteca implica repensarnos, es decidir qué se viene con nosotros y qué queda en el pasado, es encontrarnos con la innegable realidad del movimiento de las tradiciones y las genealogías.

Y a la vez también es redescubrir obras, autores, géneros de los que nos habíamos distanciado alguna vez y que ahora podemos recuperar con nuevas miradas, refundando el pacto de lectura.

Vanesa Pafundo