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Numero 1

El fin de la tristeza

Había una vez un hombre parado en una esquina de la plaza de Por el color Mayo.

de la piel de su cara podía calcularse, no tanto su edad, como el tiempo que le quedaba hasta morirse. Las mangas de su largo saco gris, plateado de envejecimiento, terminaban dentro de los bolsillos.

No llevaba más ropa.

Sólo unas medias cortas de color impreciso y unos zapatos aplastados, casi sin talón. Por un largo rato el hombre no miró nada, pero en un momento levantó ventana, la un cabeza reflejo ésa parco, y que clavó amarronado se los veía ojos tan pequeña en por lo el alto rayo desde del atomizado abajo, edificio tan del ministerial, cerrada atardecer.

y que en sólo la última emitía. No dijo nada, no pensaba nada. Abrió los brazos y dejó su cuerpo al descubierto. Allí, en el lugar de su cuerpo, tampoco había nada.

Sólo unos pocos huesos pringosos, a punto de sucumbir, mantenían la estructura mínima para sostenerlo en pie, doblando el desafío ante la extrema voracidad con que las infinitas larvas blanquecinas de esa peste lo estaban devorando.

Caían robustecidas al piso, cada vez con menos apoyos en el esqueleto. Detrás del vidrio de la ventana, en la oficina de la secretaría, envueltos en una nube de translúcido ámbar, dos hombres, abrazados, miraban hacia abajo.

Lo miraban. Uno, el más alto, parado detrás y que tenía sus pulgares enganchados en las presillas delanteras del pantalón del otro, preguntó si hacía falta una condena semejante. El otro, más bajo y grueso, dijo que sí, que hacía falta.

Que ni ése -lo señaló con el mentón- ni nadie, podían darse el gusto de sufrir toda la vida.

Levantó la voz y penduló la cabeza cuando dijo “toda la vida”.

Que darse el gusto de sufrir toda la vida es un lujo.

Uno de esos lujos que había que prohibir y castigar.

Así nomás.

Y que él tenía el poder de ejecutar esa prohibición (lo que en definitiva había hecho). Detrás del vidrio de la ventana, en oficina de la secretaría, envueltos en una nube de translúcido ámbar, do hombres, abrazados, miraban hacia bajo.

Lo miraban. Y agregó que había sido bien claro cuando puso fin a la relación con el que estaba ahí abajo, en la plaza -lo señaló con los labios-, que le había dicho que ése era el fin y le había ordenado ahora nada de sufrir y hasta le había pedido: no te pongas triste.

Hasta se lo había pedido por favor: Por favor te pido no sufras.

Porque le revolvía las tripas ver sufrir a alguien.

No lo soportaba.

Pero no hubo caso, dijo, cerrando los ojos un instante.

Y que entonces le había dicho a ése, al que estaba allí abajo, en la plaza, que si no entendía lo que quería decir por favor, merecía que se lo comieran vivo los gusanos. Y que así iba a aprender lo que quería decir: no sufras, no te pongas triste.

Nora Martinez