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Número 3

Homenaje a Luciani

La muerte de Luis Ernesto Luciani fue un duro golpe para quienes, como yo, seguíamos de cerca la carrera del afamado filósofo y ensayista.

No podremos leer este fin de año su resumen anual, el maravilloso “Filosofía y pan dulce”.

Tampoco tendremos la posibilidad de ver terminado su último libro, un ensayo sobre el papel de los medios en la vida moderna (según me informó personalmente Clara, su viuda, apenas dispone de manuscritos en los que argumenta un poco, aunque no se sabe bien adónde quería llegar, por lo que su publicación post-mortem será imposible). Cuando conocimos la terrible noticia, los sobrevivientes de aquel viejo grupo que formábamos con Marrachea, Sulfren y otros, volvimos a juntarnos, después de casi diez años en el querido bar “Ubaldo” para realizar una suerte de velatorio de cuerpo ausente. Una vez reunidos, un segundo golpe nos paralizó cuando, al interrogar a la moza sobre el paradero de Ubaldito, nos informó que éste había muerto dos años atrás. Aparentemente, nuestros rostros hicieron notar la pena que sentíamos por la noticia, por lo que la moza llamó a una chica que estaba en la caja que se presentó ante nosotros como Carmen, la hija de Ubaldo.

Tras el pésame por la muerte de su padre, la charla de cortesía y demás, la chica volvió a la caja.

En ese momento notamos que su ir era m u c h o m á s interesante que su venir.

Cuando comentamos las cualidades de esta damita, Rumiani me recordó un hecho ocurrido en una charla que Luciani diera en la Universidad Autógena de la Musseta unos años atrás, y que voy a intentar reproducir lo más fielmente posible a modo de homenaje del “Grupo Ubaldo” para Luis Ernesto y también para el querido Ubaldo. El aula magna estaba llena.

Era la primera clase de “Ética y Moral”, materia que Luis dictaba una vez cada dos años.

Sube al estrado de impecable traje violeta casi lila, camisa cremita y corbata al tono.

Apoya sus carpetas en el escritorio y se detiene a recorrer con su mirada a los concurrentes.

Todos están en silencio.

Una chica en la segunda fila tiene un ataque de tos, por lo que se ve obligada a abandonar momentáneamente el aula.

Luis la sigue con su mirada, más precisamente, la fija en su trasero, como si estuviera en trance.

Sacude la cabeza saliendo del trance y comienza a hablar. “Una vez, yo venía de trabajar, muy cansado y estaba primero en la parada del colectivo, como le decimos en Argentina a los ómnibus.

Detrás de mí, una señorita que por su cara se notaba que debía tener un flor de culo.

Llega el colectivo y cuando voy a subir, me hago a un lado para dejarla pasar a ella primero y de esta manera verificar si lo que pensaba era correcto.

Efectivamente, la chica tiene un culo precioso.

Una vez que estamos arriba del colectivo, noto que queda sólo un asiento libre.

Asiento que rápidamente ocupa la chica, por lo que yo debo quedarme parado.

En ese momento se me plantea la duda sobre si es correcto o no que la chica use el asiento que a mí me corresponde, teniendo en cuenta el orden de la fila en la parada de ómnibus.

¿Acaso yo al dejarla pasar primero le estaba cediendo ese derecho? Y de ser así, ¿no correspondía que ella me devolviera la gentileza cediéndome el derecho al asiento, así como yo segundos antes le había cedido el lugar en la fila? ¿Qué opinan?” Eso desató un sinfín de suposiciones, de propuestas, contrapropuestas y discusiones, todas entre los alumnos.

Después de un rato de escucharlos sin intervenir, Luis pide la palabra y les dice “¿Saben qué pasa? Que a ustedes, con lo culos feos que tienen las gallegas, jamás les va a suceder esto”.

Se da vuelta, agarra una tiza y empieza a escribir la bibliografía que iban a usar en el curso, las fechas de los parciales y demás.

Mariano Quintero