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Número 3

Preocupaciones de un cabeza de familia

No voy a negar que me emociona pensar en el Ponchi con la escarapela en el pecho, bien peinado, sin mocos y actuando en los actos escolares.

Haciendo de San Martín, por ejemplo.

Pero últimamente tengo unos sueños bastante raros: lo veo con el guardapolvo sin botones, corriendo sin parar - como Forrest, o como Mister Jones, o como Lola-.

Y también lo veo sentado en el fondo de un aula, haciéndole burla a la maestra y deformando las letras de las canciones patrias. Hace dos o tres meses que la madre del Ponchi y yo estamos buscando un colegio adecuado para él.

Empieza la primaria el año que viene y ese asunto nos tiene bastante preocupados.

Ya tuvimos entrevistas con los directivos de la mayoría de las escuelas del barrio pero hasta ahora no conseguimos nada.

Ya que estoy contándoles esto, paso a resumirles las experiencias que hemos vivido. En los colegios públicos tuvimos que esperar un buen rato hasta que alguien nos abriera las puertas y después esperar que la directora terminara de desayunar y que alguna de las maestras pudiera localizar a la secretaria y que la secretaria encuentre los papelitos donde tenía anotadas las fechas probable -pero todavía imposibles de confirmar- en que iban a comenzar con las inscripciones. En los colegios religiosos nos recibieron señoras amables que anotaban cada cosa que decíamos en cuadernos, en libretas, en planillas y nos hacían toda clase de preguntas personales. En los colegios privados más tradicionales, la directora trataba de usted a los chicos y nos miraba con horror cuando le contábamos que nuestro hijo es fanático de Marilyn Manson y de Miranda. En las escuelas progresistas escuchamos durante cuarenta minutos -o más- el detalle de las actividades que realizan los alumnos: inglés, computación, violín, ajedrez, golf, y salimos de esos edificios con gran cantidad de folletos. En uno de los últimos colegios a los que fuimos, el Instituto Santa Catalina, el Ponchi protagonizó un escándalo.

Le dijo a la psicóloga que le estaba haciendo un test, mirándola desafiante y levantando la voz, “no quiero venir a este colegio inmundo”.

Y las autoridades del Instituto decidieron no inscribirlo.

Antes de tomar esa decisión nos pidieron una semana de tiempo y trataron de averiguar los antecedentes escolares del niño.

Llamaron al jardín con la firme intención de interrogar a las maestras, como si estuvieran a punto de inscribir a un pequeño delincuente. Cuando lo rechazaron comprendí que mi hijo tenía razón: ese colegio era verdaderamente inmundo. Pensar que falta poco para que el Ponchi empiece primer grado me llena de entusiasmo.

Va a ser lindo ir a buscarlo a la salida de l colegio.

Cargar su mochila, darle un beso en el pelo y caminar de la mano hasta casa hablando de las cosas que más nos gustan.

Ariel Bermani