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Número 3

Sofía y el niño

Sofía es celeste, viejita y árabe.

Sentada en el sillón de tela gris con estampados que alguna vez fueron azules, parece de lo mismo: de tela gris con estampados que alguna vez fueron azules. Desde la ventana le hace señas al hijo de la vecina para que entre. El chico tiene unos pocos años y no quiere ir. La última vez, Sofía prometió presentarle a unas primas de Arabia que cantaban en un programa de radio que trasmitían al atardecer. Esa tarde habían jugado a las cartas como siempre, y mientras oscurecía, se acomodaron para esperar.

Él se quedó sentado en una silla de mimbre, sacudiendo una pierna desde la rodilla, interminablemente; ella, perdiendo la vista en el crochet. A las siete menos cinco, Sofía le hizo un gesto sonriente y lo llevó hacia la radio, una especie de caja de madera que con el girar de una perilla, prendió una luz interna y empezó a sonar. Sonó una música de voces aniñadas y Sofía le contó: -Por allí se fue mi marido un día que extrañaba mucho a sus parientes -le señaló un botón luminoso-.

El botón no calzaba exactamente con la parte externa del aparato.

Si se apoyaba allí el ojo -y el chico lo apoyó- podía verse en el interior de la caja un laberinto de cables y tubos metálicos, y muy, muy adentro, bien al fondo, una habitación pequeña, pequeñísima, con una luz amarillenta, cálida, de donde surgía una música armoniosa que varias mujeres moldeaban con sus brazos dóciles, tumbándose blandamente sobre sus propios cuerpos dorados envueltos en innumerables transparencias.

Un hombre, en el centro, con túnicas blancas, deslizándose, girando como sin rumbo, más por el efecto de sutiles embestidas que por intención propia.

Con un gesto de placer solemne, capturado por sus propios sentidos, en una lejanía irreparable. El niño lo reconoció en la mirada espejada de la anciana: “Zelmar” pensó. Le miró las manos a Sofía, apoyadas en el brazo del sillón, apretadas por el propio torso inclinado sobre la radio, debajo de lo que sería el busto, amoratadas y blanquecinas.

“¡Con las manos extrañaba a su marido y con los ojos bailaba con él…!” Una creciente e insoportable complicidad le corrió por las sienes. Mientras Sofía empezaba a dormirse, el chico huyó por el fondo hacia su casa. Ambas casas estaban unidas por un terreno común, mezcla de huerto y jardín, y una verja de hierro con una puerta verde que siempre estaba abierta. A la mañana siguiente, en esa puerta, aparecieron estas letras, escritas con el filo de un pequeño trozo de vidrio: Q T e S (Qué Tarada esta Sofía).

Nora Martinez