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Número 3

El tango de la muerte

Llegamos a Nueva York, una ciudad sucia y fría que me recordaba aquel metro de París donde -en una mañana de otoño- creí que iba a morir al pisar la calle. Nuestro grupo se trasladó a Chicago.

No tenía muy claro cuál era el motivo de nuestro viaje, ni el sentido de ese traslado. Por la noche, en un teatro abandonado, se nos invitó a ver un ensayo.

La mujer que iba a protagonizar el Tango de la Muerte era acompañada por varios hombres.

Ella subió al escenario, los hombres se sentaron a fumar en la primera fila. Nosotros estábamos en la fila diez.

La humedad era insoportable, los reflectores tenían algo hiriente.

El vaho, la espera. Cuando la danza empezó, el productor sonrió al grupo.

Para simular que estaba ocupado, comencé por anotar algunas cosas.

Pero el lápiz se rompió, el productor me alcanzó su lapicera.

Esto me obligó a escribir...

porque tenía la lapicera del director, no podía dejar de escribir. Cuando miré el escenario estaban en la parte más complicada, la mujer era sostenida por dos bailarines (uno por atrás, otro por delante), que la levantaban con sus vergas artificiales, mientras ella la cabeza hacia atrás, los brazos levantados- cantaba el tango de la muerte.

Es inútil que trate de recordar la última estrofa, además no terminó de cantarla, murió en el medio de la palabra que los demás completamos en silencio. La muerte de esta chica no trajo problemas: fui a verla, pálida, en el ataúd.

Creo que se trataba de una mejicana.

Al día siguiente estaba en Buenos Aires. La nota que escribí era sobre mi tío que había bailado el tango de la muerte.

Se trataba de una vieja película argentina.

El tío fue actor.

En esa época el cine era patriótico, se filmaban las batallas, la vida de Sarmiento y de Facundo Quiroga.

Después el cine, como todo lo demás, se volvió tonto.

El tango de la muerte era una historia verídica, como millones de historias verídicas que no fueron filmadas, porque si tratásemos de filmar todo lo verídico no habría tiempo para ir al cine. En el Tango de la Muerte lo mejor era el título, también era valioso el empeño que cada uno puso en su trabajo.

Hecha a pulmón, los fuelles prestados, las cámaras de madera, los fogonazos, lo demás.

Muchos actores trabajaban gratis. Mi tío era bailarín de carrera.

Había pasado años bailando por distintos países de este continente.

Llegó a EE.UU., pero ya Gardel había arrasado, se tuvo que volver.

Estuvo una vez con Gardel que, según versión, no le dio bola porque estaba rodeado de mujeres que hablaban inglés.

¡Cuándo se triunfa en un país como EE.UU.! Algo así.

Cuando el tío le recordó a Gardel que había bailado en el tango de la muerte, Gardel sonriente le habló del tango de la vida, y de lo mucho que se acordaba de los ausentes.

Incluso llegó a confesarle que los ausentes lo llenaban de ternura, pero apenas los veía se ponía en guardia. Uno triunfa -parece que dijo el inefable- y ya todos te quieren sacar algo...

los amigos...

las mujeres... Después de escuchar esa reflexión mi tío volvió a la Patria, se hundió en las sillas de distintos bares y se dio a la bebida.

Muchas veces, contando monedas, iba a ver a un cine de barrio El Tango de la Muerte, se veía bailando joven y se ponía a llorar.

Y así fue, un día murió en medio de una proyección de esa película, entre el ruido de las butacas y el crujir de los maníes.

Germán García