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Número 3

Escribir el escribir

Esta columna debería haber hablado de la importancia a la hora de elegir “el” libro del verano, pero a último momento algo me hizo desistir.

Tal vez no encontraba el tono o la vuelta al asunto, las ideas se hacían difusas en una cadena de sinsentidos que derivaban en decir nada y pretendían además tener cierto humor… En fin, tras varios intentos que terminaban siempre en frustración, me di cuenta de que no era por ahí la cuestión. Entonces empecé a pensar en las palabras, en el problema que suponen, en su densidad, en su justeza o su desmesura.

Recordé también que este es un tema que de alguna manera se ha vuelto recurrente en el espacio de estas páginas, bajo todas las formas posibles de enunciarlo.

Ha habido columnas dedicadas a la cuestión del decir, en cierta forma porque decir es hacer algo con eso dicho, porque deja huella, porque es “marca”.

Acaso aquí resida la respuesta a mi parálisis literaria. No sé por qué ahora pienso en Roberto Arlt.

Algo del des-orden de su escritura me ilumina en este devaneo reflexivo y por eso creo que vale la pena traerlo a cuento.

Arlt era un tipo -por decirlo de una manera llana- un tanto “bestia”.

Sus textos exhiben de manera descarnada una escritura sin maquillaje, tejida en la inminencia del instante que se esfuma, presa de la velocidad característica de la vida de una ciudad tan bestial como quienes la habitan.

Sus letras no padecen la mediación de la corrección (no sólo la material, la de las faltas ortográficas, sino -y acaso más importante aún- la corrección en términos “éticos”), sino que se manifiestan en su forma más pura y por eso también más extrema; tienen peso propio, tan grande a veces que pueden aplastarnos.

Como alguna vez dijo Piglia, “en Arlt la omnipotencia de la literatura tiene la eficacia de un cross en la mandíbula”. Me pregunto, entonces, por qué no plantearme la escritura de un texto incorrecto: dejar que las palabras aparezcan y hagan lo que les venga en gana.

Que digan sus cosas, que se adueñen del blanco de la hoja, que golpeen si es necesario.

De eso se trata ¿no? De pensar en cómo hacer cosas con palabras. Ah; me permito una última digresión: Los siete locos puede ser siempre una buena lectura, para cualquier estación del año.

Vanesa Pafundo