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Numero 1

Días de futbol en parque lezama

Desde hace un tiempo, mi hijo y yo nos acostumbramos a pasar casi todo el sábado y unas horas del domingo jugando a la pelota en el Parque Lezama, con amigos ocasionales que nunca tienen más de doce años ni menos de cuatro.

Mi hijo acaba de cumplir seis.

Los sábados estamos gran parte de la mañana y toda la tarde.

Los domingos nos levantamos casi al mediodia, por eso el día se acorta. Tres pelotas, tenemos.

Dos nuevas y una bastante vieja, ya gastada, con la cuerina muy curtida.

Las dos nuevas son de cuero, v an a resistir más.

También tenemos una de plástico pero no la llevamos al parque, es muy liviana. Si no conseguimos ocupar una de las dos canchas de fútbol improvisamos los arcos a un costado de la calesita.

Usamos ropas, ramas y piedras para señalizarlos.

Además de los amigos ocasionales que completan los equipos hay cuatro chicos que siempre están por ahí, dispuestos a jugar con nosotros.

Incluso creo que nos esperan.

Ellos saben que en algún momento mi hijo y yo llegaremos con alguna de las pelotas.

Y mi hijo, por supuesto, tendrá puesta la camiseta de Independiente. Juego con ellos.

Arranco de arquero pero enseguida no puedo contenerme y me voy arriba, a gambetear, a recibir patadas, a tratar de pasarle limpia la pelota a mi vástago para que él pueda hacer los goles más bonitos.

Si no se la paso se enoja.

Y me insulta.

Todos nos insultamos.

Yo me olvido que soy el adulto y puteo a los pibes que se equivocan en los pases o que no la pasan nunca.

Los cuatro que suelen jugar siempre con nosotros son habilidosos, manejan bien la pelota, les encanta tirar caños.

Especialmente me los tiran a mí, que, para qué negarlo, no soy un jugador muy agraciado.

Muchos partidos terminan cuando alguno de ellos se cruza con mi hijo en una jugada complicada y lo único que puedo hacer es dar por finalizada la competencia para que no corra más sangre.

Volvemos a casa enojados.

Él se enoja conmigo por arrastrarlo y yo con él porque, en general, cuando se pone furioso, revolea alguna rama contra la cabeza de alguien.

Antes de irnos saludo a un tipo flaco, viejo, de pantalón gris y mocasines, que observa todos los partidos, que da indicaciones y que, incluso, si lo dejo, arma los equipos.

Lo llamamos el DT.

Se pasa los fines de semana en el parque conversando con los pibes y retándolos cuando juegan mal.

No siempre lo dejo armar los equipos.

Tenemos concepciones diferentes.

Él cree todavía en las posiciones fijas y le gusta jugar con wines y marcadores de punta.

Yo prefiero el fútbol actual, con jugadores polifuncionales. Al despedirnos nos saludamos con un suave apretón de manos.

Ariel Bermani