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Número 76

Listas en conjunción

En ese entonces andaba armando listas.

Deseaba que estuvieran integradas sólo con objetos que debe haber en todo lugar y olvidárselas para siempre. Escribí. Mentalmente fumé, bebí, acciones que imaginé placenteras, ya que tanta gente las repetía, mientras que yo sólo consumo agua, ni siquiera soda, agua. Mi lista seguía bajo sospecha, había escrito: cuchillo; y repetía lo mismo en mi cabeza, sin que se me ocurriera otra cosa, cualquier otro elemento no parecía posible de abandonar.

Mis listas usuales eran largas entre comas y conjunciones, por ejemplo, así y más así, sugerencias que serian las que controlaban la realidad, una idea, un sistema de memoria. Pensaba en cosas y no en mí.

Cuando por casualidad me vi en el espejo, recién comprendí que era yo misma y no una historia tecleándose en la computadora; era mi cara y no mis palabras; de manera que el reflejo de mis manos ensangrentadas no pareció estar hecho para estar allí, en el reflejo. Me provocó más asombro el cuchillo en su cuerpo, tan preciso.

En la historia de mis manos, el gesto más artístico fue quemar la punta de un destornillador y darle forma a un tergopol; una forma que según se mirara probablemente sólo estaba en mi imaginación. En su cara, algo abandonó la ficción y se metió en la realidad, justo en el segundo en que su vida hizo el camino inverso, desapareciendo en una dimensión de ficción, dejando el cuerpo que goteando tinta roja, iba escribiendo su historia en el código Morse en el agua, punto, punto, línea. Metí el dedo y la tinta roja se adhirió al recorrido de mi dedo como una firma.

Metí también la mano. Lo escrito en el agua no se decidía por un género, cuento, novela policial, suspenso, el color rojo lo decidió todo, lo cubrió todo, borrándome a mí, a mi dedo y quién sabe el cuerpo que se fue deslizando elevando el nivel de la línea roja que comenzó a rebalsar. Mis manos ganaron en blancura, no tuve más que secarlas, luego de lo cual agregué a la lista: toalla. Volví a la computadora.

Inicié una nueva lista, ahora con las cosas que generan algo con poco peso y pensé: teclas; más livianas que una lapicera, más livianas que la hoja en donde una historia parece decirlo todo. Mientras está en letras todo parece verdad, pensé, luego de lo cual la hoja quedó en blanco.

Ana Abregú