ODRADEK.COM.AR

DOMICILIO DESCONOCIDO

Buscar: Ingreso de usuarios registrados en RespodoTodo
 

Número 76

Los defensores de la noche

Yo conocí al verdadero fundador del movimiento, y es por eso que puedo hablar.

Su nombre es Diego Cabrera, y sabe Dios dónde se encuentra ahora.

Estudiaba Letras conmigo en la Universidad.

Su primera propuesta –y ya en ese momento descubrí su fervor- fue fundar una revista mural como otrora habían llevado a cabo famosos escritores.

«No solo ofreceríamos poesía a esta gris ciudad, sino también cubriríamos todo lo desdeñoso y sucio con nuestros papeles», me dijo en esa oportunidad, y esas palabras encerraban toda una ideología.

Éramos varios, contagiados por su arenga artística, que salíamos con una camioneta a la madrugada, pegamento líquido, y escobillas.

Al otro día, muchos barrios se despertaban con las pintarrajeadas paredes cubiertas de poesías de Baudelaire o Keats.

En las siguientes noches, una casa o un bar servían para forjar el próximo número.

Desde ese entonces ya nos llamábamos “Los defensores de la noche”, nombre acuñado por la vanidad y el alcohol.

Diego aceptaba contribuciones de todo el mundo, y pronto fuimos innumerables.

El movimiento era nebuloso en un principio, y el único antagonista, según su fundador, era la indiferencia hacia la belleza.

Hombre esencialmente sociable, supo tejer una red de pensamiento hacia otras universidades, y pronto aparecieron revistas murales en provincias como Córdoba y Santa Fe.

No es verdad que solo estudiantes y artistas se afiliaron al movimiento.

Aunque era apolítico, sé de comerciantes y funcionarios que se unieron a sus ideas.

Dos años después, nosotros, el grupo inicial, nos limitábamos a discutir sobre las frivolidades de las sociedades y sus indiferencias hacia el arte en bares cerrados, porque la revista y los patrocinios y las conferencias y todo lo demás se encargaban de hacerlo personas anónimas.

Los Defensores de la Noche pulularon en todo el país, desde el norte hasta el sur.

Dibujaron plazas, escribieron poemas en las estaciones de tren, hicieron figuras en la arena de la playa, cantaron su música en lugares imprevistos, enseñaron malabares en las calles… Algunos empresarios que financian obras de teatros se deben a que se consideran Defensores de la Noche.

A Diego lo perdí en uno de esos viajes por las provincias que él efectuaba para “no declinar la divulgación del movimiento”.

Desconozco el éxito de esos viajes, pero sospecho que a él no le importa.

Tan disperso e indefinido es la sombra del movimiento, que hay quienes se dicen ser los fundadores o creadores de algunos de los principios de los Defensores.

Nosotros, mientras tanto, desde el bar donde edificamos los primeros números, nos reímos de todo aquello y seguimos urdiendo quimeras.

José Ignacio Alonso