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Número 76

El curso de la vida

Unos días después el coronel, de izquierda a derecha, detuvo su mirada en cada uno de nosotros.

Distraído.

Parecía no saber que hacíamos de pie, en el patio de su casa un domingo por la tarde, un día radiante de primavera.

Éramos jóvenes, pero no éramos sus soldados ni sus hijos.

Estaba ahí su sobrino, pero también cinco más que parecíamos esperar unas palabras.

O al menos una orden. Me pareció que el coronel trataba de improvisar, intentaba decir algo que sonara importante.

Unas palabras de esas que los jóvenes no olvidan, de esas que escucharon alguna vez de un maestro, o de un amigo mayor.

Nunca del padre.

Palabras dichas por un coronel retirado, un hombre que desciende de San Martín, de los fundadores de la patria.

No se le ocurría nada.

Con un gesto indicó un largo banco que estaba contra la pared cubierta por una enamorada-del-muro que tapizaba los ladrillos sin revoque.

Nos sentamos en fila.

Ahora el único de pie era el coronel, que fumaba recostado en una palmera. En un momento apareció Magda, la hija de Emilia, con una bandeja, donde tintineaban vasos con jugo de naranja.

Saludamos con una voz que parecía más distraída, más inocente, de la que correspondía a cada uno.

Como si hubiéramos tenido el mismo pensamiento y la misma manera de fingir que esa gacela nos era indiferente, que nadie había tenido una ocurrencia depredadora.

Rainer se levantó, dio unos pasos y la saludó con un beso en la mejilla.

Era como de la familia.

El coronel parecía conforme con la liviana seriedad de la situación.

En un momento cada uno tenía su vaso y Magda desaparecía con la bandeja reluciente que se balanceaba, colgando displicente de su mano derecha.

Por fin se había ido; con la tensión provocada por su presencia.

Grácil, frágil.

O nada de eso, pero un cuerpo de mujer, un cuerpo joven que parecía delatar su ansiedad en cada gesto, algo que dejaba sin aliento.

Algo entre la desolación y la esperanza.

La ausencia de Magda, el jugo de naranja, la presencia del coronel, nosotros sentados en fila en ese banco, sin apoyar la espalda para no aplastar la enamorada-del-muro… era, como decirlo… inaudito.

El coronel nos hizo pasar a una sala en penumbra donde uno podía adivinar los cortinados y el estilo de los muebles por lo que se perfilaba en la luz que llegaba desde unas bandoleras sobre las ventanas.

Una sala de museo.

O de iglesia.

Antiguos sillones tapizados, un piano protegido por un paño de terciopelo.

El piano que Magda había heredado de Delfina Cáceres, fallecida antes de cumplir los cincuenta años.

Sobre el piano había un retrato de la bella señora, vestida de largo, que miraba desde la eternidad.

El coronel abandonó el silencio para decir que conocía por Rainer nuestras inquietudes; que deseaba escuchar lo que cada uno estaba dispuesto a decir.

Tenía que ser una orden, porque de otra manera la autoridad del coronel se reduciría a la de un presidente de consorcio y aquella reunión sería para discutir la conveniencia de cambiar la cerradura de alguna puerta común.

En efecto, el coronel agregó con voz firme: Estoy esperando, muchachos. Esas tres palabras, ese gerundio impaciente, sonó como un latigazo.

Tuve la certeza de que Rainer nos había metido en una trampa, que cada uno vería marcado su futuro por cualquier cosa que respondiera.

Entonces quise apurar el desenlace, decir algo para separarme del resto. Coronel -la palabra sonó seria- coronel, no estoy seguro de que sea necesario hacer algo.

Un proverbio Zen aconseja no torcer el curso de la vida…

Germán García