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Número 73

Del amor

Según Soloviev, leo al pasar, entre los peces superiores hay embriones fecundados por los machos fuera del cuerpo de las hembras.

En otra parte habla de la conjunción-combinación que puede hacer que una especie se oriente hacia el exterior, pero también conducir al absoluto interior.

El místico en acción, algo así entendí.

No estoy seguro, me distraigo del orden preparado para mi conferencia.

En una de esas Soloviev se convierte en un invitado de lujo al banquete de los “locos literarios” preparado por Queneau, del que hablaré mañana.

Me gusta la digresión, cuando parece adecuada a la finalidad.

Amanda sospecha que esta argucia retórica está demasiado abierta a la seducción del público.

Es cierto, depende del tacto de cada uno. El profesor no tuvo hijos.

Tampoco Kojève, el colega de Dios como se llamaba en broma, al que el saber absoluto de Hegel le parecía la irrisión misma.

Ese humor le faltó al profesor; nunca fue rico ni mundano ni alcanzó esa autoridad sin discusión sobre discípulos que se convertirían en maestros de tantos otros.

Nuestro querido y solitario profesor, con su erudición, sus modos atildados y sus traducciones, no dejó discípulos memorables.

Fue secretario de Ramón Carrillo, un ministro de Perón, destacado sanitarista y fanático de la eugenesia (creyó encontrar el biotipo argentino en la mezcla de diaguitas y españoles, porque era de Santiago del Estero).

Locuras de juventud, estoy seguro. Como las locuras módicas del profesor Sciarreta que tuvo algún cargo en la dirección del Partido Comunista, tradujo y comentó a Tran-Duc-Thao, pero no llegó a leer el libro de Soloviev que habrá estado años en su biblioteca.

Germán García