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DOMICILIO DESCONOCIDO

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Número 4

Ajuste de cuentas

ecuerda el ángulo de la puerta que se agranda, la luz que atraviesa la penumbra de la pieza.

Ese cuchillo que relumbra en la oscuridad.

Los pasos que avanzan sin tropiezo.

Encandilado, ve sombras opacas en los muebles. Mañana, si logra evitar ese cuchillo, cruzará el campo.

Sólo tendrá el recuerdo difuso de un quejido, los juncos al silbar por el viento serán un mensaje.

Se afirmará en su caballo. Su mano se desliza por los barrotes de fierro de la cama, toca el revolver sobre la mesa, sonrió al bulto que avanza desde ese ángulo de la puerta. La hoja del cuchillo traza una recta que busca su cuerpo. El fuego, en el patio, comienza a disminuir.

Alguien arroja una manta.

Otro da un salto y saca, ya listo, el cuchillo de la cintura. Desde todos los rincones aparecen hombres que avanzan en círculo con la precisión de la muerte.

El hombre amenazante gira, se encuentra con llamas que surgen desde la manta que arde.

Quiere luchar con estos de la celada.

Sólo puede herir a uno.

Luego queda tendido en una cruz que titubea entre llamas imprecisas. Los hombres guardan sus cuchillos. Listo -grita uno de ellos hacia la oscuridad del rancho.

Los otros ríen.

El caballo del muerto rueda un poco más allá. Pudieron reconocer, días después, el cadáver picoteado por los cuervos.

Salieron detrás de otros pasos, por un desierto de sed. Tendido en la cama, sueña la muerte, las hogueras, la cruz del hombre caído en la oscuridad.

El que no llegó a matar, el que no tuvo ocasión de matarlo.

Nunca sabrá quienes eran los que irrumpieron aquella noche, los que hicieron fracasar el ajuste de cuenta.

Germán García