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Número 73

Ecológica

Y como no hubo clases, y porque al fin y al cabo a veces hay que ceder, lo llevé a Matitititito a la plaza, fue una excepción porque yo no estoy de acuerdo con esos espacios artificiales.

No me convence ni un poco el tema de que saquen a la arena de su ámbito natural nomás para que los niños se diviertan.

Encima la encierran, la dejan entre cuatro paredes a la pobre arena, acostumbrada a vagar a su gusto en el mar o el río, eso, ESO señoras y señores no es más que privación ilegítima de la libertad, una violación flagrante a los derechos de la indefensa arena… pero en fin.

Por motivos similares tampoco me gusta el zoológico y sin embargo Matitititito me hinchó tanto pero tanto que tuve que llevarlo un día.

Cada tanto me agarra con la guardia baja y cedo un poco en mi militancia ecológica… como hoy, que lo llevé a plaza.

Le dije “Bueno Matititititito, agarrá la eco bag y tus chiches eco friendly que te llevo”, y le advertí que nada de caramelos ni chocolates (porque en algunas cosas no cedo nunca).

Llevamos unas zanahorias recolectadas bajo su consentimiento, y un par de apios naturalmente caídos por si nos daba hambre.

Como siempre, lo obligué a Matititito a que fuera juntando todos los papeles y desperdicios que veíamos por el camino y los fuimos guardando en bolsas de diversos colores para su posterior reciclaje o para alimentar a las aves y otros animales cuando lo que levantaba Matititito eran restos de comida frescos. Ya en la plaza le pedí que tratara a la arena con amor y que se descalzara, para no faltarle el respeto a la naturaleza.

Matitititito me hizo caso y enseguida se puso a jugar con otro nene diviiiino, pero que usaba pañales descartables, que ya sabemos cómo contaminan.

No le dije nada porque el nene no tiene la culpa, la culpa es de la madre en todo caso, pero la verdad que ya con dos añitos alguna idea, cierta conciencia ecológica, bien podría tener el pibe.

La cosa que entre los dos se pusieron a hacer un pozo profundo, profundo, en un angulito del arenero, ¡cómo cavaron esos nenes! Llegaron hasta la tierra misma hasta que en un momento dado Matitititititto me llamó.

“¡Mamá! ¡Mami! Mirá cuánto papel que encontramos enterrado, saquémoslo de este maletín, pongámoslo en una bolsa verde y llevémoslo a un centro de reciclaje!”.

Enorme fue mi sorpresa cuando vi que lo que mi nene me estaba mostrando eran miles de billetes de cien, ¡todos verdes! Supernaturales, divinos.

Cerré el maletín, lo metí en mi propia eco bag y le dije a Matitititito que listo, que saludara al amiguito porque nos íbamos a casa corriendo (el ejercicio es bueno para el cuerpo), pero el otro nene, el antiecológico, se puso a gritar que los papeles eran de él y que le iba a decir a su mamá.

Miré para todos lados y no la vi a la señora, así que sin pensarlo demasiado empujé al gurrumín adentro del pozo que él mismo había cavado junto a mi Matititito y lo cubrí de arena.

Pronto sus gritos cesaron (mejor, el ruido también contamina).

Debo confesar que si bien tengo la conciencia tranquila porque sé perfectamente que los niños son biodegradables, de vez en cuando me invade la culpa cuando pienso en la arena, tratando de deglutir ese pañal… ¡miles de años le va a llevar a la pobre!

Yanina Bouche