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Número 73

La gallina robada (Cuento de Navidad)

“Isabel la Católica, las hostias consagradas, los melones, los rosarios, las indigestiones truculentas, las corridas de toros, los tambores de Calanda y las sardinas del Ampurdán.

En resumen: mi vida debe orientarse hacia España y la Familia.” Salvador Dalí decía esto un día de Navidad de un año hoy muy lejano.

Ese día de Navidad es el primero del que me acuerdo y es también el que más recuerdo.

No por la frase de Dalí especialmente, sino porque ese día nevó en Barcelona.

El miserable patio de la casa en la que vivíamos apareció nevado, y yo pensé que aquello era lo más normal, que siempre que llegaba el 25 de diciembre nevaba en toda la tierra. Me acuerdo muy bien de ese día: yo con bufanda dentro de la casa –no teníamos calefacción ni estufas-contemplando maravillado la nieve, mientras a mi lado papá escuchaba, en la radio, en una emisora extranjera el mensaje navideño del pintor Dalí.

En la cocina, mi madre, al oír la frase, comenzó a reír, primero muy despacio para terminar haciéndolo con tanta desesperación que acabó llorando de risa, y sus lágrimas parecían imitar los gruesos copos de nieve que emblanquecían nuestro triste patio de la periferia Barcelonesa.

Yo creo que lloraba de lo felices pero pobres que éramos, porque en esos días en que Dalí quería orientarse hacia España y la Familia, nosotros éramos pobres de solemnidad. A mi padre le habían puesto una multa de una peseta por fumar en el tranvía, y no había podido pagarla, y había pasado un día entero en comisaría, hasta que le dejaron marcharse cuando vieron que era pobre de solemnidad.

Ese mismo día, el de esa Nochebuena que iba a preceder a las palabras de Dalí y a la nieve y a las lágrimas como copos de mi triste madre, regresando a casa a pie –ya no podía coger ni el tranvía-, mi padre se dijo a sí mismo que había alcanzado las máximas cimas de la pobreza y que debía robar una gallina si quería que tuviéramos comida de Navidad. En un corral de La Verneda y después de noquear a quien le descubrió en plena faena, mi padre robó una gallina y perdió un zapato en la huida.

Con la tristeza que le caracterizaba, nos la enseñó –estrangulada- al llegar a casa en aquella Nochebuena que nunca olvidaré, porque fui llamado aparte por mi padre, y yo, seguido por la mirada de extrañeza de mi hermana –“la harapienta”, como la llamo hoy en día con sorna cuando nos vemos y recordamos lo miserables que fuimos-, fui a donde estaba mi padre escuchando a Frank Sinatra en la radio, y allí, era uno de los rincones más fríos de la casa, mi padre en zapatillas me comunicó que iba a romper mi hucha porque necesitaba mis pesetas para pagar la factura del agua y del gas.

Lloré.

Pero no de tristeza por peder mi dinero, sino de la emoción que me causó poder ayudar a mi padre.

Aquella Nochebuena fui a dormir con la satisfacción de sentirme necesario y útil para mi familia, casi el Salvador de la misma.

A la mañana siguiente, mientras el otro Salvador decía por radio que pensaba orientarse hacia España y la Familia, vi la nieve y las lágrimas de mi madre y el humeante caldo de gallina en la cocina y, por unos momentos, sentí que el mundo era perfecto, estaba muy bien hecho, porque le daba oportunidades a un niño pobre como yo de ayudar a los suyos y de hacerse hombre y responsable de repente en un día de nieve y caldo humeante, en aquella España de gallinas robadas por familias limpias y pobres como la mía, que vivía sin estufas, pero feliz entre tantos melones y hostias consagradas. Enrique Vila-Matas Del libro Chet Baker piensa en su arte.

Enrique Vila-Matas