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Número 72

La verdad de la milanesa

Leer en la producción literaria la propia historia, sin velos, del autor, siempre me ha generado una cierta incomodidad.

Aun cuando el escritor exhiba a través de este recurso un talento exquisito, poco común y conmovedor.

Seguramente es algo que tenga que seguir viendo en terapia, pero mientras tanto, como recién el mes que viene voy a poder retomar -tuve que interrumpir porque me demoraron unos pagos y mi psicólogo no la entiende, me contesta algo de un “otro pago” y ahí no le entiendo yo- , creo que es mejor detenerme en esta cuestión y tal vez, con ayuda del lector, aclarar en qué consiste esa mencionada incomodidad. Por un lado, lo que me pasa es que no puedo sobreponerme a la exposición de la verdad íntima del narrador, ni de nadie, “ni mñmñm”, como dijo mi psicólogo una vez que algo de esto empecé a contar en sesión.

Le iba a pedir si me podía repetir, pero lo vi tan concentrado en su infusión, los ojos cerrados y como ronroneando, que esperé a que se hiciera la hora y me fui. Por otro lado, a tal punto no puedo desprenderme del hilo de los acontecimientos relatados tan vívidamente por el escritor, tan sugestivos de tratarse de su vida real, que, aunque parezca contradictorio, abandono la lectura para ir a googlearlo y averiguar si realmente lo dejó la novia, se le murió el perro, o cosas por el estilo. Ahora que me acuerdo también lo googleé a él, a mi psicólogo, y un día le pregunté si era cierto que además de profesional, escribía, porque en wikipedia me aparecía como autor de varias novelas: “No tuve suerte con la vecina”, “Mi hijo no entró al Buenos Aires”, entre otras, y me ronroneó como un sí.

Creo que entonces le conté esta dificultad mía, esta cosita que me da cuando me parece que lo que estoy leyendo no es producto de la creatividad que se espera de un artista sino que apenas es una transcripción de su entorno cotidiano, de la realidad que lo rodea, pero sin rodeos, como si fuese una fotografía tomada desde el sillón más cómodo de la casa. Pasa la mujer para el baño y el señor escribe -en el mejor y más cauto de los casos-: La mujer caminó hacia el baño.

Qué gracia tiene.

Y esa vez él me contestó algo raro, cerró la agenda donde estaba haciendo unas cuentas y dijo: Emma Bovary, c´est moi.

Voy a buscar qué es y en la próxima publicación les cuento.

Nora Martinez