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Número 72

Las otras cosas

El hombre mira al espejo pero no se mira.

Mira algo más, algo que está más allá del plano donde se desarrolla la imagen.

Mira serio y profundo, como mira siempre que se lo ve.

Mira y habla. Cuenta sobre su trabajo, cuenta su trabajo, lo calcula, lo vuelve cifras en una pizarra fuera del plano. Alguien lo escucha, lo escucha y lo ve a través de sueños, en una imagen compuesta por la distancia de otras imágenes, la presencia tácita de otros planos que son llamados a actuar por esa mirada que los convoca a intervenir en su más allá. Se dicen cosas incomprensibles, guardan una coherencia gramatical imputable, pero el sentido se escapa de una palabra a otra, se desliza sin prenderse a ninguno de los sonidos que lo conjuran, y en esa evasión, urgencia, detención, absoluta, nace.

El hombre sigue mirando y calculando, esa insistencia se vuelve mecánica y brota lento el temor. Camina sin apremio por una vereda céntrica.

Vive cerca pero comienza a apretarse, a apretar el tiempo, comienza a cerrar los puños sin dejar de mecerlos al compás del trayecto.

Se va a seguir con su vida, se va a poner la llave, a abrir la puerta, a subir un ascensor, a dejar sus trastos, a besar a una mujer a descalzarse y desvestirse y besar a una mujer.

Se va a volver, a volver a la vida, a juntar los mendrugos de su cotidianeidad, a ser un hombre. En el espejo se ve el reflejo de un abismo, el hombre muestra un papel, tiene un código conocido que en el espejo se...

Abismo, reflejo, espejo.

El hombre presenta a su novia y la deja junto a los bultos de la rutina para abrir un papel y mostrar, y nada más que mostrar un secreto invertido.

El café con la gente y la hora de cenar, las palabras cariñosas ¿cómo puede haber cariño en cada cosa inútil que se dice? Otra vez por fuera de la rutina y por fuera de todo lo continuo y de todo lo necesario.

“Déjame meterme en ti” se escucha.

Los cuerpos pueden ocuparse y desocuparse.

El de él está ocupado pero en el espejo eso no cuenta, cada cosa que cuenta en el espejo se desintegra. El café se acaba pero no se impacientan, de hecho eso no tiene importancia.

Lo que importa allí está en otro lado, en otros cafés, en otras lenguas, junto a otras cosas.

Décadas devastadas, el hombre sigue contando y la escucha se escande con las miradas imposibles, las miradas que se salen de los ojos.

¿Y por qué cerrarlos? Sus suegros vienen el fin de semana.

El hombre sabe cómo hablar con sus suegros, sabe cómo dejar contentos a todos.

Y además es un hombre de espejos.

Ana Cascos M.