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DOMICILIO DESCONOCIDO

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Número 72

Estogamor

Para ese entonces, se me había hecho costumbre visitar a Ana diariamente.

Un “descalabro amoroso”, como ella lo llamaba, la había sumergido en una especie de locura temporal que le hacía olvidar que debía comer al menos una vez al día.

Ana ya no llenaba sus pantalones como solía hacerlo.

Desde los 18 se quejaba del ancho de sus caderas, pero como sabía que ellas eran objeto de las miradas masculinas, nunca sacrificó ni un gramo de esas redondeces a pesar de su aparente descontento.

Sólo esa amnesia alimenticia había logrado adelgazarle sus encantadoras posaderas al punto que ya no quedaban ni rastros de ese glorioso trasero.

Como todos esos días, me esperaba en el bar de siempre.

Sentada en la mesa que más le gustaba, ése jueves miraba por la ventana mientras jugaba con una galletita entre sus dedos. -Hoy fui a ver a una nutricionista.

Así doy asco.

Le dio unas vueltas más a la galleta y continuó. –Me dijo que en los congresos que ellos tienen quedó totalmente comprobado que en todos los casos de problemas de amor, EN TODOS, se te cierra la boca y se te achica el estómago.

-¡Lógico! Si sos la prueba viviente de eso -pensé.

Ella engulló la galleta manoseada al tiempo que anotaba en una planilla el detalle de lo que había comido hasta el momento. -¡¿Cómo no se dio cuenta ese Dr.

que lleva gordos a la televisión?! – dijo entre indignada y con el entusiasmo de haber descubierto algo enorme. -¡La solución es clara! ¿La ves? Ya nada de dietas tediosas, angustias en la balanza o privaciones forzosas.

Esta es la terapéutica ideal para combatir el sobrepeso.

Pero… sólo podrán acceder a ella quienes respondan correctamente a una sola pregunta: ¿Hasta dónde está dispuesto a perder para obtener la silueta deseada? -¿Algo así como un pacto con el demonio?- acoté. -Algo así –dijo sonriendo y mientras le hacía gestos al mozo para que le trajera una media luna, agregó- total…, todo en la vida no se puede, che.

María Fernanda Mailliat