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DOMICILIO DESCONOCIDO

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Número 72

Gira, gira

El asiento es normal, mullido, de respaldo alto, con cinturón de seguridad, pero ahí tenés una diferencia: el cinturón se abrocha solo, no tenés que abrocharlo vos.

Te sentás, zzzz, hace un zumbido y zác, escuchás apenas la trabita que se cierra.

Todos van sentados con el cinturón abrochado, no ves una azafata, ni nada, y en un punto es una tranquilidad, porque los ves con esas cabezotas, y pensás que en cuanto arranque se van a ir de un lado para otro como sandía en carro, se me van a venir encima como esas bolas de demolición, mejor que estén sentados y atados.

Ahí la nave comienza a dar vueltas, como se ve en las películas.

Sube y baja, eso lo controlás vos con la palanca, pero da vueltas y vueltas que te agarra un mareo tremendo.

Por suerte yo no tenía nada en la panza, porque ahí sí que preparate para el lanzamiento.

Entre que gira y gira a mil, no se ve nada para afuera, apenas distinguís si es de día o de noche.

La dirección, si vas a la izquierda o a la derecha, la decide la máquina, me imagino que debe tener como una especie de GPS, con los planos del espacio cargados, los bichos estos le ponen el destino y listo.

Adentro hay mucho tablero con lucecitas que se prenden y se apagan, y cartelitos en el idioma de ellos, que ni letras tienen.

Son como símbolos que no se entiende nada.

Vos viste, las pirámides, que no conocés el idioma pero los dibujitos, los mirás diez quince minutos y los entendés: el tipo con el gorro raro que camina de costado, las serpientes, las vasijas.

Acá no.

Ni los dibujos se entienden.

Y preguntás y es peor, porque de lo que dicen no hay manera de saber, ni por las señas.

Para colmo sacan un sonido fuerte, chillón, es como hablar con un juguete chino, de esos para los chicos, bien estridente.

Y no tienen la costumbre de hablar por turnos, interrrumpen, hablan todos a la vez, un poco como las mujeres.

Al rato pararon y aproveché.

Me bajé un poco lejos de casa, cerca de Puente La Noria.

De ahí me tomé un remís, un Fiat Duna modelo 96 que estaba perfecto.

Me llevó hasta el Bajo Flores y cuando me senté en el último asiento del 132 me sentí un bacán.

Dije bien bajito: esto no se cambia por nada.

Roberto Gárriz