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Número 72

Lo que es la vida, ¿no?

Lo que es la vida, ¿no? La vida nos da lecciones constantemente, es increíble.

Hace unas horas nomás, subiéndome apurada el cierre del jean se me rompió una uña.

Pegué un grito, me quise mo-rir.

Me estoy por ir de vacaciones y hace varios días que vengo eligiendo la ropa para llevarme, ideando outfits que combinen con mis esmaltes y con un ‘trac’, de un segundo para el otro, mi mundo se vino abajo.

Sabido es que una uña rota desvirtúa cualquier look, incluso el hippie chic, por más informal que sea.

Me sentí por eso la más desafortunada del planeta pero -lo que es la vida, ¿no?- otro acontecimiento vino a demostrarme lo frívolo de mi pensamiento. Levemente arreglado mi infortunio con una uña postiza que a la legua se nota que no es verdadera pero que me permite afrontar la vida con la frente en alto, salí rauda a hacer algunos trámites que necesariamente tengo que concluir antes de mi partida.

Y entonces sucedió: me caí en un pozo, me doblé el tobillo y tuve que ir rengueando a un hospital de la zona.

Maldije todo el trayecto mi mala suerte.

Comprendí cabalmente que antes me había estado quejando de llena: no hay nada más out que estar rengo (aunque creo que en alguna época se usó) y encima claramente voy a tener que acomodar mi streetstyle a unas simples chatas, a olvidarme de los tacos.

Estuve a esto de ponerme a llorar y lo que es la vida, ¿no?, ahora mismo, acá en la sala de espera del traumatólogo quiso la suerte que me cruzara con un muchacho más bien con una onda activewear andrajosa con un muñón a la altura de la rodilla en la pierna izquierda que le da un dudoso touch personal.

Por Dios -me dije- ¡eso sí es una desgracia!, y en mi análisis incluí tanto la falta del miembro como su estilo para nada trendy y, obviamente, sus uñas (¡qué uñas, señor!).

El primer impacto fue demasiado para mí, me hizo doler los ojos y tuve que concentrarme para no insultarlo: “Decime una cosa -alcancé a preguntarle antes de que lo llamara el médico-, ¿no tenés madre vos? ¿no tenés alguien que te asesore estilísticamente?”.

Y resultó que no, que no tenía madre ni padre ni tíos ni abuelos ni espejo ni nada.

Entonces la vida volvió a darme un sopapo: entendí que la soledad es mucho peor que el desconocimiento de las tendencias.

Me acordé de las ballenas varadas, de los pingüinos empetrolados, del hambre en África, de Rubén Orlando.

¡Y yo haciéndome problema por cualquier pavada! Ahora, quién lo hubiera dicho, estoy acá, esperando que salga del consultorio el muchacho del muñón para proponerle ir de cool hunting por los bares palermitanos, cámaras y muletas en mano.

¡Esperemos que nadie nos mire las uñas! Jajajajajaja

Yanina Bouche