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Número 4

De los días vacíos

El Mesías viene a anunciar un nuevo tiempo.

Viene, por lo tanto, a cambiar el tiempo.

Como sabemos, el año, digamos, por poner un ejemplo, 2006 es el año 2006 después de Cristo.

Para los cristianos (como en realidad, para todo creyente), la venida del Mesías produce un cambio en el tejido temporal que da por finalizada una clase de tiempo y da inicio a otra.

En este sentido, el Apocalipsis, la Segunda Venida, no es el fin del mundo.

Es, en cambio, el fin del mundo como lo conocemos.

Es decir, el inicio de un nuevo tiempo. Es evidente, sin embargo, que el Nuevo Tiempo no comienza cuando nace el Mesías: Jesucristo nace la noche del 24 de diciembre y, como es sabido, el Nuevo Tiempo no comienza sino hasta siete días después.

Se me dirá que se trata de cuestiones más o menos irrelevantes, que determinaciones históricas (los calendarios, los solsticios, las celebraciones romanas) hicieron convenientes esas fechas.

Aún siendo ciertas todas estas objeciones, prefiero pensar que algo del orden de lo fatal, algo definitivo, se esconde en ese hiato. Esa semana son los días de un vacío.

Lucas (II, 21) comenta: “Ocho días después, llegó el tiempo de circuncidar al niño y se le puso el nombre de Jesús, nombre que le había sido dado por el Ángel antes de su concepción”.

Es decir que el Mesías ha nacido, pero todavía no es.

Su existencia, el surgimiento de un nuevo tiempo, llegará en la forma de un rito.

Pero el rito no será un rito cristiano, no será el rito por el que lo reconocerán los suyos (el bautismo, años después, a manos de Juan), es decir, un rito del Nuevo Tiempo, sino un rito del Tiempo Viejo: el Mesías toma su nombre, el que le dan sus padres, el que nunca abandonará, en el rito judío de la circuncisión.

El rito del nombre es, entonces, a la vez, el origen de un nuevo tiempo y la marca que el Tiempo Viejo deja en el Nuevo. Esos siete días son, además, los tiempos de la espera: el nombre que se le da al Mesías, es el nombre que le fuera dado por el Ángel.

Lo que significa que el nombre del Mesías adviene como palabra revelada y es, por lo tanto, una forma del Apocalipsis (cuyo primer significado es, justamente, “revelación”). Me gusta pensar que Occidente celebra con siete días de diferencia el nacimiento del Mesías y el Advenimiento de un Nuevo Tiempo, justamente para no olvidar ese lapso de estupefacción.

Y es que esos siete días implican a la vez a una secuencia histórica (de qué tradición viene el cristianismo), pero también comentan el cambio cualitativo que representa el cristianismo.

Esos siete días presentan ese cambio como una discontinuidad, como un blanco, como un Apocalipsis mudo en el que el Mesías existe pero no es, y debe ser buscado y nombrado.

De esa parálisis (nuestra parálisis) sólo se sale dando un nombre, un nombre mesiánico y contradictorio (única forma del Mesías), que al tiempo que nombra lo nuevo indica su pertenencia al pasado. Esos siete días de inacabamiento, de pura potencia y confusión, son la única fe que puedo sentir como propia.

Me gusta creer, contra toda prueba, que esos siete días son, y siempre fueron, la única esperanza de nuestra salvación.

Ezequiel De Rosso