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Número 71

Ninguna Igual

Ninguna Igual.

¿Qué hacemos con Buenos Aires?, preguntó, aburrido, el profesor K. Cada año repetía la pregunta a las paredes del aula, mientras repasaba algún libro de su interés.

Según sus amigos se había refugiado en ese instituto porque el horario nocturno le dejaba el día libre para sus investigaciones antropológicas, sobre las que había publicado artículos y libros.

La pregunta no esperaba respuesta, aunque cada uno tenía la suya que no se molestaba en exponer porque – tan nocturnos como nuestros profesores – estábamos lejos de la edad en que se busca la aprobación. Para mí la cosa había empezado poco antes, con la aparición de Buenos Aires Hora 0 y la voz increíble de Betty Elizalde, a la que escuché susurrar ya no recuerdo qué, una noche en que volvía de una fiesta por la avenida Libertador.

Con la cabeza sobre el borde superior del asiento trasero de un taxi que se deslizaba solo por la avenida desierta, veía el cielo por la luneta – limpio, titilante de estrellas – y me dejaba estar en una plenitud nunca antes experimentada. La música de Piazzola se fundió con la voz y la ciudad se sincronizó en mí.

Entonces sí, la ciudad lucía sus promesas de otras músicas, sus diseños novedosos en los autos y en la ropa, sus galerías de arte y sus librerías con libros que competían por su modernidad y sus ciclos de cine por países y autores.

La ciudad palpitaba, vibraba con un erotismo que se percibía en las miradas, las sonrisas, los movimientos displicentes al caminar. El profesor K.

, nadando contra estas olas, quería encontrar el ser nacional, nuestro modo particular de estar en el mundo.

Parecía que su origen alemán no era un obstáculo a su fervor nacional. Yo, sin bienes raíces ni raíces patrióticas, ajeno a estas inquietudes, me dejaba llevar por la marea plebeya de los descendientes de inmigrantes que obligaron – por su inquietante multiplicación – a que los dueños del país se afirmaran en un patriotismo que antes habían ignorado.

Para mí Buenos Aires Hora 0 era la tercera fundación de la ciudad, realizada por un músico descendiente de italianos y Betty Elizalde era la voz que me permitía imaginar una mujer que todavía me faltaba encontrar.

Por eso, cuando era la ocasión, pasaba de una a otra.

Ser alojado en el cuerpo de una mujer era situarse en el universo, encontrar el cenit de la satisfacción.

Era el presente que deseaba habitar. Siempre.

Germán García