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Número 71

Náufragos

La entrevista se desarrolla de forma amigable.

El entrevistado está cómodamente sentado, bascula en de manera casi imperceptible en un sillón de cuero con rueditas en las patas.

Tiene las piernas cruzadas (el entrevistado) y sonríe apenas. Llega la pregunta: ¿qué libro llevaría a una isla desierta? Supone que se condice con su aire suficiente responder con un Proust o con un Tolstoi, y larga, dubitativo, mientras se acaricia el mentón, “En busca del tiempo perdido”, por ejemplo. ¡Ah!, qué maravilla, dice el preguntador destacando la “i” que ha descubierto entre la última “ele” y la última “a” de la palabra “maravilla”.

Qué maravilla, repite. Y satisfecho, el otro no registra la ofensa. La pregunta es insultante: ¿qué libro llevaría a una isla desierta? El agravio está oculto en el adjetivo “desierta”.

Implica que el interrogado es incapaz de agarrar un libro a no ser que se encuentre absolutamente solo y en la carencia total de entretenimientos. Robinson Crusoe olvidó su ejemplar, pero tal parece que no hubiera tenido un segundo de solaz para dedicar a la lectura.

Tampoco Gulliver, ni el señor de las moscas, ni los ardidos adolescentes de la laguna dorada.

Ninguno ha añorado un ejemplar de su biblioteca, y de seguro, de poder hacerlo, hubieran pedido un libro de “Cómo construir una balsa” o “20 recetas fáciles y nutritivas para cocinar en una isla desierta” o “Cómo domesticar animales”. No hay libro tan malo que no tenga algo bueno, le hizo decir Miguel de Cervantes a su personaje más mediático, que intoxicado de literatura inició su derrotero sin llevar libros consigo, y así le fue. El narrador de Michel Houllebecq en “Plataforma”, decide enterrar dos libros en la playa y dice: “el problema es que ahora tenía que encontrar algo que leer.

Vivir sin leer es peligroso, obliga a conformarse con la vida, y uno puede sentir la tentación de correr riesgos.” Está claro que hay que llevar libros en todo momento.

Tanto como que la pregunta del inicio debería ser otra: ¿qué libro llevaría a la sala de espera del médico? O ¿qué libro para viajar en el colectivo que quedará detenido en medio del embotellamiento del macrocentro? O ¿qué libro para esperar en la fila del pagofácil? En cambio, a la isla desierta conviene simplemente llevar un yate.

Roberto Gárriz