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Número 70

Miserere

El coronel creía que su condición de militar retirado lo convertía en responsable del pasado, el presente y el futuro de la nación.

Como si el país no tuviera una vida civil donde las pasiones movían los hilos de cosas que parecen extrañas.

El coronel no podía entender que así como es imposible honrar a los Borgia, nadie logrará que los militares se correspondan con la nación como se corresponde un territorio y un mapa.

El país tenía muchas cosas inventadas, que no existen en ningún país.

El coronel dijo que en el pasado estaban “las maniobras arteras” de los liberales para llegar al poder, que el presente era la ruina política que conduciría a la disolución del país y que en el futuro todo dependía del coraje para defender a la patria.

Había que saber quienes eran los amigos y quienes los enemigos.

Teníamos que saber quienes eran nuestros muertos, y por quienes arriesgaríamos la vida.

En su arenga, según noté, no había mujeres y eso me inquietó un poco.

Lo que siguió convertía un tiempo en otro, una edad en otra. Ese viejo militar, que no era liberal, criticaba a la iglesia.

Los amigos de su sobrino hacían de la iglesia el lugar donde encontraban sus ideales de sacrificio heroico.

La razón y la fe, la verdad como revelación.

Hablaban de Hernández Arregui y del Concilio Vaticano II.

Pero esto entre ellos, nunca con el coronel.

Con el coronel citaban a Fermín Chávez, un historiador católico que había dejado la formación religiosa, que mandaba estrofas del Martín Fierro, que traducía al latín, a los amigos. Leonor, como tantas otras mujeres que alguna vez se ganaron la vida con la enseñanza del francés, estaba convencida de conocer esta cultura.

En una vitrina tenía fotos en el Café du la Paix, junto a un hombre desconocido para Rainer.

Un couturier que conoció en el viaje. Otra avec mannequins con sombreros de hombres o encendiendo un puro, peinadas a la gomina.

“Elle fait l’homme”, escribió alguien sobre la foto.

Leonor admiraba a De Gaulle por ser un “citroënniste” convencido, que usaba la marca Citroën en sus viajes oficiales.

Cosa que no hacía nuestro presidente con el Kaiser, auto que para ella tenía que ser motivo de orgullo.

De esto la convenció un amante fugaz, fanático de Frondizi. En 1955, según Leonor, en el Salón del Automóvil de París la Citroën causó sensación.

Una verdadera saga de la industria, que se burla de otras marcas que tendrán que pasar años sobre el diván del analista para “fait son deuil” por no superar a la DS.

Leonor, cuando hablaba de Francia, elogiaba el buen gusto de Alvear que hizo que la arquitectura de Buenos Aires copiara lo que pudiera de París.

Orgullosa, decía que el Teatro Colón nos incluía en el mundo de la música internacional.

También se conmovía con los pintores antiguos con sus campos, briosos potros, árboles y lagunas desoladas.

Germán García