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Número 70

Viaje surrealista hacia el nudo del ombligo

Otra vez, como hace bastante, bastante tiempo, créase o no, este anfibio de morondanga volvió a ser chiquito, diminuto encogiéndose como salido del escuálido cuerpo batrácico.

Es solamente un síntoma, asumí tomándome la fiebre ¿indicio de qué calamidad?, preguntaba para mis adentros con geta de escuerzo que se tragó una colilla encendida.

Ni lerdo ni perezoso, automedicándome, me clavé un geniol y, tapado hasta las orejas, sudé calculando que mi temperatura corporal era de treinta y nueve grados, sin embargo entre las sábanas parecía diez bajo cero.

La cuestión es que emigraba como lagarto de arroyo, pero no escapando, inexplicablemente debía hacerme chico por un rato y después retornar a mi tamaño.

Además, al hacerme pequeñito, todo, de golpe, era muy grande, se sobredimensionaba la realidad, ontológicamente hablando, la vida se me revelaba de manera extraordinaria, gozosos los ojos, sentía cosquillitas bajo las plantas de los pies; tomatelás, rana, censuré enseguida.

Te estás volviendo loco protozoario, me reproché después, sabiendo que lo peor, o bien dicho, absurdo de la situación, era que en ningún momento me había adentrado en un sueño, mucho menos profundo, porque aquello ocurría conmigo despierto, vivito y temblando de frío.

Derecho como un alfiler, tironeado desde el mismísimo nudo del ombligo, este corchete soportó su viaje surrealista, en medio del silencio más pavoroso y cobijado por una oscuridad total, si es que existe esa figura.

Pero la noche pasó y al otro día por suerte volví a ser adulto, a pisar firme el suelo, a estar debidamente convencido de quién era y de qué aspiraba, a dormir tranquilo volví, aunque ni pudiera ni pudiese asegurarlo ni en sueños, ¿cachái huevón?

Sergio Fombona