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DOMICILIO DESCONOCIDO

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Número 70

(Frío) 冷たい

El señor Haikuru cumple con su rutina.

Se levanta, se sienta sobre el tatami con las piernas cruzadas y medita.

No, no se le duermen las piernas, es oriental.

La espalda recta, los brazos descansando sobre sus rodillas.

Los ojos cerrados.

Mejor digamos los párpados cerrados, lo que de por sí es difícil de ver porque abiertos tampoco es que dejen más que una ranura imperceptible entre ellos.

Pero están cerrados.

Aunque Haikuru no duerme, y es difícil explicar cómo se sabe que no está durmiendo y que solamente está meditando, pero se entiende con facilidad si se agrega el dato, que ya conocíamos, de que es oriental.

Con un movimiento repentino pero no por ello vacuo de elegancia se pone de pie y toma una taza, con toda probabilidad de té, que alguien le ha dejado preparada en un cuenco decorado con paisajes bucólicos muy parecidos al jardín que comienza inmediatamente después de la puerta que se encuentra a escasos centímetros del hombre oriental.

El paisaje muestra árboles, un arroyito cercano atravesado por un puente que, con forma semicircular, apoyado en ambas márgenes del arroyo como lo hacen las hemiesferas de los neumáticos indicando las gomerías, remedando un arcoiris en miniatura, sirve para cruzar de un lado a otro sin mojarse los pies. Antes de salir al jardín se calza con unas sandalias livianas ideales para el clima cálido y que francamente desentonan con los escasos grados de temperatura que marca el termómetro que se encuentra pendiendo de un clavo sobre la pared externa del edificio.

El señór Haikuru se desentiende de los climas, parece demostrarlo exhibiendo su kimono de seda, y de las modas, claro está que ese atuendo pertenece a la colección primavera verano de hace cinco años.

Sin embargo, si pudiéramos lograr un acercamiento podríamos ver en la piel del señor Haikuru un granulado mediano o grueso, a causa del frío.

Por eso es que vuelve a la casa a buscar un saquito de lana que ningún juego hace con su conjunto tradicional, pero cómo abriga.

Roberto Gárriz