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Número 69

Cachorro de león

Cuando la niña Carlota le imploró a su padre, Sir Walter Dunhil, que se llevaran con ellos de regreso a Inglaterra, a la residencia de Walshire a la mascota del hogar, el enigmático Boby, todos pensaron que se trataba de otra de las excentricidades de una niña caprichosa, que acababa de perder a su querida mascota anterior, el elefante Bobo.

El destino de Sir Walter Dunhil en las colonias africanas le habían permitido a la niña algunas liberalidades como la de tener un pequeño elefante huérfano al que alimentó desde sus primeros días, y que bautizó, según se dijo, con el nombre de Bobo.

Era gracioso ver a Bobo correr entre las tiendas de los nativos y salir envuelto en cueros y sedas, hecho un nudo con algún pañal de tela o incluso, tropezando con un bebé de color.

El pequeño Bobo era bastante desobediente y cuando la niña Carlota gritaba su nombre, por lo general se hacía el desentendido.

Hasta que llegó el día en que fue imposible sostener entre los Dunhil la presencia de Bobo, que ya lucía un tamaño considerable y derribaba sin inconvenientes los muros del palacio de verano del representante inglés.

Entonces fue la Señorita Astrid, la institutriz austríaca, la encargada de decirle a la pequeña Carlota que su querido Bobo se había escapado, tal vez se encontrara perdido y era inútil buscarlo.

A la Señorita Astrid, que sabía que el elefante se había constituido en una de las mayores atracciones del Circo “Profesor Yirafals” en Liverpool, donde Bobo junto con un hipopótamo, una jirafa y un oso bailarín habían formado el conjunto “Los cuatro gigantes de Liverpool”, no le causaba ninguna pena ser mensajera de la mala noticia para Carlota.

Y tampoco le sorprendió que el corazón lábil de la niña lograra reponerse de la pérdida para terminar depositando su cariño en el pequeño león apodado Boby.

En pocos días Boby le produjo con sus afiladas garritas un surco a la Señorita Astrid que corría desde la ceja izquierda hasta el mentón, reforzando su expresión adusta.

También el pequeño felino engulló una mano de la sirvienta nativa, que entendió perfectamente que la mascota lo hizo solamente por jugar, sin mala intención. El viaje hasta el castillo de Walshire estuvo plagado de contratiempos que no es el caso detallar.

Finalmente, aquellos que creían que el deseo de la niña Carlota de contar con el león Boby en su residencia no era más que otra excentricidad, tenían razón.

Roberto Gárriz