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DOMICILIO DESCONOCIDO

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Número 69

Ayer fue domingo

Los domingos misa de diez y ravioles con salsa panna.

Era el único día que la cocina podía quedar desacomodada sin que mi madre gritara: “Los van a comer los piojos”.

La pereza de la sobremesa nos llevaba a los sillones del living.

En la mesa ratona esperaban los diarios, el local que cambiaba con las mudanzas, La Nación y el Clarín.

Este último publicaba las recetas de Blanca Cotta que mi abuela me leía para que aprendiera algo útil.

La Nación traía unas palabras cruzadas, sociales, fúnebres, moda y en la contratapa un cuento para niños. Me pedía que hablara: “seguro que a vos te responde”, argumentaba.

Yo me conformaba con que me dejaran leer el horóscopo y punto, pero él quería saber. -¿Porqué tantos diarios papá?- pregunta mi hermano cada tanto haciéndose el distraído. -Para saber qué piensa el enemigo- Ya sabíamos esa respuesta, él quería averiguar quién era el enemigo.

Me miraba con los ojos brillantes desde el sofá del frente.

“Dale, ahora”, me decía sin hablar.

Si indagaba él seguro que mi padre furioso le gritaría: “Pero sos boncha, ¿no? ¡Los enemigos son los que están en contra de la patria, cerebro de mosquito!”.

Suponía que, por ser hombre, entendería naturalmente de qué lado había que estar.

Sobre mí caía una indulgencia, a las mujeres había que explicarles todo. -¿Porqué las hojas de un diario son más grandes que las del otro?- preguntaba yo y mi hermano me devoraba con los ojos rabiosos.

-Porque uno está hecho para leerlo en el subte, en los colectivos y allí no hay lugar para desplegar semejantes hojas y al otro se lo lee sentado en un sillón, como corresponde.- Se acomodaba los anteojos y estimo que rogaba al Sagrado Corazón para que ya no lo interrumpiese.

Nuestro enemigo era él, seguro, porque odiaba la cebolla y temblaba con los obituarios.

Mi hermano, mi único cobijo, no debía descubrirlo hasta que yo encontrara el valor para seguirlo, porque era de Virgo y se marcharía apenas se lo revelara.

Pilar Ordóñez