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DOMICILIO DESCONOCIDO

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Número 69

Atención al cliente

Entré a los tumbos, llevándome por delante a una señora viejísima que justo salía de ahí.

Esperaba encontrarme con un cuartucho mal iluminado y atestado de clientes con ansias de ser atendidos pero en realidad la oficina era amplísima y estaba impecable, brillaban el piso blanco, las paredes blancas, los escritorios blancos y los uniformes de las dos empleadas prolijamente peinadas que ni me vieron entrar.

En cuanto a los clientes éramos únicamente tres.

Los dos que estaban primero parecían un poco impacientes; uno bastante mayor que yo -de cincuenta y pico, calculé- miraba la hora en su celular y resoplaba, el otro, un septuagenario, tamborileaba en el apoyabrazos del sillón también blanco e impecable.

Saqué un número, me tocó el 22.

Busqué el clásico display con luces rojas en el que van saliendo los turnos.

Según el aparato el último atendido había sido el 18.

Miré entonces a las empleadas: una fijaba la vista en la pantalla de la computadora y movía el mouse, la otra nos daba la espalda y ojeaba alternativamente dos pilas enormes de papeles que se alzaban sobre una mesita.

Tomé asiento y traté de descifrar disimuladamente los números que arrugaban entre los dedos los clientes que me precedían.

Vi claramente que el cincuentón llevaba el 21 y que el del viejo terminaba en cero por lo cual supuse que tendría el 20, pero entonces ¿quién tenía el 19? El 19 se fue -me dije-, se descompuso, o se acordó de algo, o se arrepintió, o simplemente se cansó y se fue.

Me di ánimo pensando que éramos pocos, que enseguida llamarían al 20 y al 21 y que después me tocaría a mí.

Pero la escena se detuvo y permaneció idéntica por horas (¿días? ¿años?): ninguna empleada llamó a nadie y nosotros no hicimos más que esperar, atornillados a los silloncitos, observando la danza monótona e íntima de las uniformadas.

De repente todo sucedió a la vez: las secretarias se movieron bruscamente, cruzaron miradas y pispiaron el display, una de ellas presionó un botón invisible y sonó el musical tun-tún llamando al inexistente 19.

El septuagenario se apoyó como pudo sobre el sillón y comenzó a hacer piruetas torpes para desentumecerse y ponerse de pie, el tipo de mediana edad metió su celular en un bolsillo y se colgó el bolso sin despegar los ojos del 19 rojo, deseando verlo convertido en 20 y rápidamente en 21.

Una chica, bastante menor que yo, se acercaba a la puerta; llegaba una nueva clienta.

Respiré hondo de la emoción.

Parecía que el tiempo volvía a discurrir en la oficina de atención al cliente y hasta sentí una brisa producto del movimiento de los actores que integrábamos el cuadro.

La recién llegada sacó un número, se acomodó en un silloncito, observó las luces rojas que indicaban el turno, luego miró a las empleadas, tan atareadas con sus cosas como antes.

El viejo que en vano había logrado levantarse con un gran esfuerzo, aprovechó el envión y abandonó la escena.

Fue entonces cuando, nuevamente, todo se estancó.

Yanina Bouche