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DOMICILIO DESCONOCIDO

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Número 68

La mitad de una sonrisa

Si papá no le hubiera quemado la cara a mamá, yo podría darle tantos besos como antes.

La tía Ángela me dijo que papá no quería dejarla, que los abogados lo obligaron y que el día de la audiencia le tiró el ácido que tenía en un bolsillo.

Mi tía Ángela me ama.

Me cuidó mientras mamá estuvo internada.

Los sábados a la mañana me despertaba temprano, tenía listo mi café con leche en la mesa del comedor, me vestía con camisa y pantalón, y la íbamos a visitar a mamá.

En el camino hablaba de muchas cosas, me contaba que los médicos estaban sorprendidos de lo bien que la piel se curaba.

Yo no entendía qué era eso porque cuando entraba a la pieza la cara de mamá tenía unas telas blancas que la tapaban.

Ella casi no hablaba.

Mamá sólo me miraba de vez en cuando.

Los ojos seguían azules y trasparentes como siempre.

Yo tenía miedo que le cambiaran el color.

El ácido también es trasparente y no se ve hasta dónde puede llegar. Los domingos eran distintos.

La tía Ángela me despertaba temprano, también tenía listo mi café con leche en el comedor, me vestía con la camisa y el pantalón que había usado para ir al hospital, y salíamos para ir a misa.

Mi tía iba callada y cuando entrábamos a la parroquia nos sentábamos en la segunda fila.

Yo la sentía llorar, pero no le decía nada. Un sábado fuimos a buscar a mamá.

Nos esperaba parada al borde de la cama y escuchaba a la enfermera que le decía muchas cosas.

Esta vez no tenía la tela blanca.

Ella no se dio cuenta que yo estaba y giró la cabeza hacia la puerta de la habitación.

Pensé que no sabía quién era porque cuando quiso llamarme “Jorgito” no le salió.

Los labios se le pegaban cuando hablaba y no podía sonreír.

Mi tía me empujó para que le diera un beso y la abrazara pero me dio miedo.

Mi tía me dijo cobarde. Ahora estamos en el patio de casa y mamá me acaricia la cabeza.

Con el tiempo me animé a darle algunos besos a la parte lisa y suave de la cara de mamá.

La otra mitad me asusta un poco pero cuando le paso mi mano pienso que es una montaña con muchos ríos que brillan con el sol.

Laura Gibilaro