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Número 68

La princesa está triste

Si hay algo que me revienta, que me saca de quicio y me hace pensar seriamente en la posibilidad de que no sea hija mía, es cuando me dice que está triste y no sabe explicarme por qué.

Ay, mami, estoy caída hoy, estoy triste… ¿Qué pasó?, pregunto realmente interesada, ansiosa por retrucarle que ese no puede ser el motivo de su angustia, que ella no sabe lo que es estar triste en serio, que lo que siente es bronca, aburrimiento, envidia, otra cosa.

Qué sabrás vos, nena, de la tristeza, si no te falta nada, si tenés la vida por delante.

Algo de eso le enrostro algunas veces, pero cuando no sabe por qué se siente así me deja sin argumentos, sin la posibilidad de reírme de sus ridículos motivos y más vale me dan ganas de pegarle.

Y sin embargo no puedo porque hay que ver cómo tengo las manos, deformadas ya, reventadas de tantos años de lavar y refregar, quebrada la piel que parece cuero, que se abre en las yemas y sangra a la menor presión.

Y duele.

Por eso, cada vez que me sale con esta pavada de la tristeza injustificada, caprichosa diría yo, me apuro a acariciarla, a rayarle la cara con mis dedos tullidos.

Y le dejo un camino de sangre en la mejilla, un hilo finísimo que no alcanza a ver pero que siente, que la obliga a girar la cabeza, a retirarse casi espantada.

Entonces, como un ritual, repite el gesto: me toma por las muñecas y me obliga a girar las manos para que le muestre mis palmas arruinadas.

Hace de pronto una mueca de asco o de dolor, de miedo tal vez porque ve en mis manos las suyas, no estoy segura, pero resulta evidente que se pone mal, que le dan ganas de llorar y que -para su alivio y para el mío- al fin tiene un buen motivo.

Yanina Bouche