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Número 68

La hora del planeta

Le agradecí mientras me sentaba.

No quería repetirle tanto gracias, gracias.

Pero me salía casi sin intentarlo.

Acomodé varias veces la silla, el cuaderno y el codo sobre la mesa como guiándome por un plano que supiera de memoria.

Dejé a mano unas lapiceras que tal vez no funcionaban.

Gracias, le repetía queriendo borrar esa palabra con cualquier otra y entonces me daba por sonreír, también sin querer, pero más que nada sin sentido.

Estábamos en el bar de la esquina de su casa.

Había uno en cada esquina y elegí este porque sí, pero resultó ser el más apropiado, las pocas mesas daban todas a la calle así que la luz de afuera se sumaba a la de adentro y era mejor para escribir.

Lo había hecho venir un sábado y llegué quince minutos tarde.

Pero cuando le fui a decir disculpe, él hizo un gesto como que no importaba y que peor era lo que venía después.

Yo pensaba lo mismo, pero él además agregó un aleteo de la mano sobre mis hojas en blanco. No se preocupe, van a ser unos pocos minutos, se me ocurrió decirle, pero no dije nada que tuviera que ver con cantidades de tiempo porque podía interpretarse como una ironía dado que justamente yo había llegado tarde al encuentro.

El motivo de mi demora, es decir, mi argumento absolutamente íntimo, era lo inesperado de su conformidad.

Volví sobre mi agenda con el pensamiento y vi su nombre tachado varias veces en negro y después en verde.

Bastaba ver ese renglón para constatar la mezcla de pudor tardío que me había invadido ni bien le dejé un mensaje de corrido en el contestador: estamos haciendo una revista en el colegio queremos publicar una pequeña entrevista de cada profesor y corté.

Creo que quedó bien claro que me faltaba confianza en el proyecto.

Llamé de nuevo para darle mi nombre y teléfono, invitándolo a reunirnos el sábado a las ocho en el bar tal y tal.

Inmediatamente lo descarté como un hecho posible pero ahora lo tenía ahí enfrente, al profesor de Física. Ocho y media en punto cortaron la luz.

No sólo en el bar, todo alrededor quedó en medio de una oscuridad iluminada desde lejos.

Vi su silueta levantarse, buscar en un bolsillo para pagar su consumición y murmurar la más bella teoría sobre la hora del planeta.

Oí las bocinas apagarse y volver a resurgir como dardos interminables en la inmensidad de una nada fabricada, oí las voces reducirse a silbidos, el chirrido de los fuegos artificiales que van sobrando de fiesta en fiesta y se disparan cualquier noche después.

Nora Martinez