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DOMICILIO DESCONOCIDO

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Número 68

La mesa

La sala de reuniones era pequeña en comparación con la fastuosa mesa que ocupaba casi toda la superficie.

La última reestructuración y mudanza obligó a abandonar las oficinas en la calle Segurola (y al veinte por ciento de los empleados), pero Don Ignacio se resistió a vender la mesa. A las nueve en punto, Don Ignacio abrió la puerta con violencia, golpeando a Sanchez-de-contaduría quien rápidamente aceptó las disculpas.

Al ocupar el sillón de una de las cabeceras, el anciano jefe comenzó su discurso. -Durante años esta empresa ha sido la rectora de la vanguardia del arte en éste país-comenzó el anciano-.

Desde los comienzos, cuando mi abuelo fabricaba uno por uno los pinceles –dijo señalando al cuadro correspondiente- sacando él mismo los pelos a los gatos, el trabajo ha sido sinónimo de Garmendia Insurralde.

Y eso se reflejó en la gran cantidad de artistas que nos han honrado con su desinteresado apoyo en los momentos difíciles. -¿Desinteresado? –interrumpió Lopez-de-marketing- le pagamos casi veinte mil dólares a cada uno de esos artistas para que salieran a hablar bien de nuestros pinceles. -¿Cómo que les pagamos? ¿En qué clase de mercantilismo barato hemos caído? –se preguntó. -No parece barato.

Veinte lucas por barba… -intervino Apenucho-de-finanzas. -Es que la gente nunca comprendió el espíritu altruista de mi padre –reflexionó. -¿Hacer pinceles con pelos de niños pobres es altruismo? –preguntó Apenucho-de-finanzas. -Esos niños, en sus barrios pobres, sin acceso a la cultura jamás podrían haber llegado a formar parte del mundo del arte de otra manera –defendió Don Ignacio a su familia. -¿Le parece Don Ignacio? –interrogó Robertoli-de-ventas. -No sólo me parece, sino que a partir de ahora vamos a retomar la idea de mi padre, pero la vamos a llevar más allá.

Vamos a hacer pinceles con pelos de adictos al paco, de negritas adolescentes embarazadas y de todas las lacras de esta sociedad.

Vamos a llamarla serie GM, por gente de mierda –se puso de pie y sacó su miembro- y si no están embarazadas las negritas, las embarazo con ésta y les hago el favor, así van a cobrar la guitita que les da la conchuda. -Dale papá, firma los papeles que te dicen los señores y vamos –dijo Nahuel Garmendia Insurralde entrando a la sala de reuniones –y a ver si compran una mesa mas chica, que ésta queda grande acá. -¡No, la mesa no se vende! –gritó Don Ignacio. -No, no se vende –lo calmó Nahuel mientras le guiñaba un ojo a los demás. -Hasta el año que viene –se despidió Don Ignacio mientras su hijo lo ayudaba a salir por la puerta.

Mariano Quintero