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DOMICILIO DESCONOCIDO

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Número 68

Sin palabras

Después de cuatro meses de separación, Inés aceptó volver de la casa de su madre. Respondí con bastante sinceridad a sus preguntas, pero creo que no se creyó del todo lo de Virginia Gallardo (le dije que habíamos salido a cenar dos veces y a casa había subido solamente a tomar un café). Lo cierto es que de inmediato comenzó con la idea de mudarnos.

Ella estaba convencida que mi aceptación a su idea de mudanza era la confesión plena de la culpa y el remordimiento.

Yo, de verdad, lo hacía para no comenzar otra vez con las discusiones. El primer departamento que vimos le gustó, pero terminó descartado cuando Inés descubrió que la puerta del placar de recepción abría al revés de cómo se supone que abren las puertas de los placares de recepción. En el segundo departamento que visitamos la luz natural del cuarto de baño impactaba de tal forma, si una persona se paraba frente al espejo, que dejaba al descubierto intolerables imperfecciones de la piel. En el tercero, habían colocado un tomacorriente demasiado cerca de la mesa de luz, de tal forma que si un vaso de agua caía para ese lado podía ocasionar un corto circuito.

Hubo otro en el que Inés sintió que el barrio no era demasiado seguro (pudo haber influido el hecho de que nos robaran una rueda del automóvil estacionado en la puerta del edificio). Así fuimos descartando, a instancias de las opiniones de Inés, cientos de inmuebles, hasta que tuve la idea. Llegamos a un departamento casi nuevo, amplio, luminoso, y nos encontramos, en el medio del living room, con un inmenso hipopótamo azul marino que hice parar exactamente allí.

Inés revisó el departamento de arriba a abajo, con el ojo puesto en el detalle, como siempre.

Se tomó todo el tiempo del mundo y más tarde dijo sencillamente que no, que no le parecía.

Le pregunté qué tenía, que por qué no, me indigné con ella, y casi llegué a gritarle, pero por primera vez, Inés, no me supo contestar.

Roberto Gárriz