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Número 68

En la oficina de correos

En esta época del año las pelusas de los plátanos se amontonan en la ciudad como si las veredas y las calles fuesen un gigantesco colchón perforado escupiendo sus tripas.

Hace unos días, estaba yo en una oficina de correos atestada de gente.

Un grupo de por lo menos treinta personas aguardaban de pie y otras veintipico ocupaban la totalidad de las sillas.

Las pelusas se las habían ingeniado para colarse en el recinto a granel- aprovechando una ráfaga de viento que una señora de maneras lentísimas había dejado filtrar al abrir parsimoniosamente la puerta principal- y habían estacionado en los ojos de los clientes, justo en los lagrimales, gozando de apropiada humectación.

Ignorando el trabajo silencioso de la naturaleza, estaba yo entretenida observando a un señor mayor que sostenía una especie de alhajero de madera con ribetes dorados en la tapa, donde el nombre de la que supuse debía ser su nieta –MELINA- había sido delineado en una torpe letra cursiva.

El señor llevaba un sombrero peculiar cercano a ser galera.

Se notaba que había sido amarillo pero ahora se veía ocre, tal vez porque la luz dentro de la oficina de correos es una luz macilenta y no se puede saber de qué color son las cosas ahí adentro.

El señor sostenía el alhajero en una mano y en la otra un folleto explicativo con los distintos tipos de encomiendas que revisaba perplejo.

Los formatos estándar no coincidían con el tamaño de su regalo.

Sabía que debería optar por un tamaño más grande pues no deseaba meter el alhajero a presión; le desagradaba sobremanera la visión del cartón hinchándose en una digestión espantosa.

Y la sola idea de su nieta haciendo fuerza para sacar el alhajero y puteando al abuelo amarreta lo llenaba de una vergüenza cursi.

Mejor era que el alhajero bailase un poco en una caja para encomiendas más grande.

En eso, un rayo de sol se filtró por la rendija de ventilación.

La tibieza llegó hasta una de las semillas en el lagrimal del abuelo que no tardó germinar.

Era un brote minúsculo que se desperezaba vertiginosamente.

Por contagio, otros brazos vegetales comenzaron a insinuarse desde los lagrimales del resto de la clientela.

El peso de lo que ya era una rama hizo que el abuelo inclinara su cabeza levemente al ritmo de sus cavilaciones sobre el embalaje perfecto.

Algunos clientes, presos de la germinación ocular, se retorcían en espasmos, poseídos por un terremoto interno.

Antes de que el cartel electrónico se encendiera en el número 59 la oficina de correos se había transformado en un tupido bosque de plátanos flotantes apoyándose mutuamente para lograr equilibrio y no desgarrar los ojos de sus huéspedes, demasiado frágiles para sostener tamaña desmesura vegetal.

Verónica Gómez