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Número 4

La navidad del Ponchi

Será la sexta vez que mi hijo y Papá Noel establezcan alguna clase de vínculo.

Escribo “alguna clase de vínculo”, usando ese lenguaje tan poco navideño, tan áspero, porque no encuentro la manera de tratar el tema sin retroceder unos pasos, sin mirar la escena con desconfianza.

No es que el Ponchi tenga problemas para aceptar las cuestiones mágicas de la vida.

No duda que Papá Noel entra en las casas por la chimenea -también en las casas que no tienen chimenea-.

Tampoco duda que los Reyes andan en camello, por más que existan muchos medios de transporte más cómodos y más rápidos.

Incluso acepta que yo sea su padre, aunque haya tantos otros padres más fuertes, más altos, más lindos.

Todo eso lo cree sin grandes cuestionamientos.

Los problemas empiezan cuando sus demandas no son satisfechas, al menos de la forma en que él lo pretende y lo exige.

El año pasado, por ejemplo, unos minutos antes de descubrir la manera de detener escaleras mecánicas, le dijo a un Papá Noel musculoso y con aspecto de patovica: “¿este es el regalo?, es una mierda”.

El tipo me miró y le vi las venas del cuello hinchadas.

Y todo eso porque el regalo que le ofrecía era una bolsita con tres caramelos y un chupetín.

En esa víspera de navidad, después de pelearse con Papá Noel, el Ponchi salió corriendo hacia las escaleras y enseguida encontró el botón.

Todas las escaleras mecánicas tienen, en un costadito, un botón casi invisible que dice “stop” y que pasa desapercibido para la mayoría de las personas.

Pero no para él.

Lo perseguí tratando de evitar la catástrofe pero llegué demasiado tarde.

La gente quedó suspendida en las alturas, amontonada, quieta. Sus encuentros anteriores con el señor de la barba blanca también fueron conflictivos.

Cuando él tenía cuatro años el tipo que se disfrazó de Papá Noel no pudo asumir su papel con naturalidad y se enojó mucho cuando el Ponchi empezó a bombardearlo con preguntas.

Al hombre le habíamos pagado entre varios vecinos del edificio para que actuara pero la última pregunta de mi hijo lo desconcertó.

Se puso pálido.

Debo reconocer, de todas maneras, que a mí también me impresionó la pregunta.

Y ni siquiera me atrevo a escribirla acá, me da vergüenza. Pero no quiero terminar estas líneas sin contarles que en mi primera navidad como padre me fui a dormir muy temprano.

Cenamos, hicimos los brindis de rigor y yo me escurrí del bullicio festivo y me fui a la habitación donde mi hijo dormía.

Él tenía seis meses y cinco días de vida.

Me acosté a su lado, lo abracé y enseguida me quedé dormido.

Y soñé que siempre íbamos a estar juntos.

Yo voy a morirme antes que él, por supuesto, pero lo que entendí esa noche, durmiendo abrazado con mi Ponchi, es que un padre nunca muere.

Al menos nunca muere del todo.

Ariel Bermani