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Número 68

Miserere

Tener un hijo loco que se esfuma en la tarde, bajo el sol de la siesta -escribió, la madrugada en que se fue de la casa paterna, mientras esperaba el tren.

¿Cómo decir que el hijo era el que escribía, cuando la primera persona es una confesión y la tercera una foto? De la segunda no hablemos, los dramas televisivos tienen la exclusiva con sus exclamaciones que lanzan clichés como flechas.

En fin, no diga nada.

Que se esfuma en la tarde bajo el sol de la siesta.

En una de esas, por contraste con lo que estaba haciendo, un charco le dictó la imagen.

No lo sabremos, aquel muchacho no existe hace mucho.

¿Era un hijo loco? Por lo qué sé, en esa familia un loco no sabía de qué hablaba.

En ese sentido lo era, como también era cierto que se había esfumado.

No en la tarde, sino en la madrugada.

No esfumado por el calor del sol, sino por el tren que se borró en la distancia.

¿Quién empezaría un relato con esa frase? Pero no es raro que un muchacho que huyó a la madrugada de su casa paterna, mientras esperaba el tren, escribiera una frase semejante, con el deseo de alcanzar la eternidad de la poesía, con la desolada decisión de convertirse en Nadie para sus padres. Sólo recuerdo esto porque no existe más, porque los actores, como se dice, han desaparecido.

Si no lo dijera.

No tiene importancia.

Incluso Amanda me ha dicho, más de una vez, que olvide aquella siesta y esa madrugada que no interesa a nadie. Pero a cierta edad, por más que se disimule en la fragilidad que traen los años, sólo interesa lo que interesa.

La obstinación suele ser el estilo tardío de algunos que, durante su vida, fueron incluso vacilantes.

Conozco viejos, tengo curiosidad por ver cómo se las arregla cada uno para despojarse del personaje que tuvieron que representar para lograr lo que llaman una conducta ejemplar.

Es una manera de hablar, no fueron ejemplos de nada; son los primeros en saberlo.

Un anciano extiende sus manos temblorosas hacia el escote de la enfermera, aparece un brillo de picardía en su mirada.

La mujer sonríe, hace un gesto maternal y vuelve a colocar las manos del viejo al costado del cuerpo, sobre las sábanas. Parece estar satisfecho, ha logrado saber que aun existe, que una mujer retira sus manos y le sonríe porque es un hombre.

Es un amigo, quiere morir lo antes posible. Ahora nada me costaría decir que lo que voy a contar también se esfumó en el tiempo, que hasta hace unos años mi vida fue intensa y variada, que por mucho que arregle mi historia con el pasado, siempre estuve disponible para lo que viniera.

Tampoco le costaría nada al que fue un joven que atravesó los años de la ceguera y el vértigo.

Para ese sólo había un presente.

El pasado era énfasis, nostalgia de algo transitorio de la infancia, ese lugar inventado al que siempre se puede recurrir. Muriel Spak, una escritora ya anciana, logró ver el lado cómico del mundo de los viejos y las intrigas de las mujeres que no olvidan sus amores, ni sus rencores de juventud.

Memento mori.

Averigüé, yo no educo a nadie.

Cada tanto visito a este viejo amigo que termina sus días en el geriátrico, donde recibe visitas de la época en que era parte de cierta vanguardia.

Ahora los que fueron objeto de sus burlas mordaces parecen haberlo perdonado.

Su agudeza, sus rasgos de genio, su cultura superior a la de sus compañeros, lo convirtió en un maestro para otros huérfanos -entre los que se encontraba- que por los bordes de la literatura pasaban la noche de un bar en otro, entretenidos por discusiones interminables.

Algunos fueron reconocidos, otros desaparecieron en la ciudad; tampoco faltaron los asesinados y los que cambiaron de país para no cambiar de conversación.

Una juventud intensa, dicen ahora.

Idealista, dicen también. Y así, entre elogios y rechazos, están presentes en poemas, novelas, estudios políticos, libros de historia.

Entraron en la pesadilla, sin olvidar a los que siguen activos y en silencio o viven del rédito de aquello que continúa en el cielo, con las radiantes imágenes de los antiguos líderes.

Eternos.

Nos guían.

Hablo como ciudadano, nada personal.

Nos guían, no se sabe hacía donde.

Dormiré.

Germán García