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Número 67

El mensaje del río

El mensaje del Rio (sobre un hecho real) Era el año de 1580.

El Río de la Plata, cristalino y azul, golpeaba enfurecido sus aguas contra la costa del norte de la ciudad.

La Ciudad de la Santísima Trinidad del Puerto de los Buenos Ayres, se le llamaba a aquel villorrio de ranchos surcados por caminos de lodo, infestados de sapos, víboras y alimañas que espantaban a cualquier desprevenido que se atreviese a caminarla.

Al oeste, la pampa se mostraba interminable. Cristobal de Altamirano era Capitán; pero eso ahora poco importaba, pues estaba cautivo de los indios.

Aquellos indios belicosos, que habían impedido fundar la primera ciudad de los Buenos Ayres, podían quitar nuevamente la vida de esta nueva.

A lo lejos divisó el naciente poblado; pudo ver dos tigres trepando el monte, la chacra de Ana Diaz, la única mujer a la que se le repartieron tierras tras la fundación-, el solar del carpintero Anton Roberto en la barranca del monte grande del norte, y un pequeño barco anclado hacia el sur.

Estaba bajo la custodia de un indio lenguaraz que lo miraba atentamente.

Dos algarrobos, y los sauces llorones de la orilla fueron su restante compañía.

Se hizo la noche y pudo advertir que los indios atacarían el poblado en unos días.

El tronco que arribó junto al bramido de una fiera que no pudo reconocer, le dio la idea.

Tomó una calabaza y en ese mismo tronco envió el mensaje para quien lo recibiera.

Mirando al inmenso río, esbozó un pensamiento, que fue como plegaria.

El indio lenguaraz nada vio, ni comprendió. El Rio de la Plata llevó el mensaje del hombre a las tierras de Anton Roberto en la barranca del norte.

"Una calabaza, y un tronco atados...", atinó a pensar el carpintero, al advertir también la fuerza con que aquel objeto era traído a la costa por el río enfurecido.

Fue corriendo entonces desde el norte hasta la ciudad, y pudo avisar el ataque inminente.- Se defendieron los hombres que esperaban espantados algún suceso extraño.- Recién entonces, el Capitán Cristobal de Altamirano, integrante de las huestes del fundador Juan de Garay, pudo escapar y recordó lo que le había dicho al río cuando arrojó aquel tronco. Río de la esperanza, muéstrame la ilusión, lleva en tus fieles aguas, la salvación. Cristóbal de Altamirano murió en 1603.

Eduardo L. Catania