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Número 67

Condenados

Dos dos tipos se paran frente a frente.

Claro que la presencia de una veintena de edificios, casas y avenidas hace que uno no sepa con certeza de la existencia del otro.

El primero (vamos a llamarlo “Pocho”) rápidamente comienza a mirar hacia otro lado, como ignorando al segundo (al que vamos a llamar “Pucho”).

La reacción de Pucho no se hizo esperar y en tono desafiante dio media vuelta y se sentó en una banqueta azul (o gris, no llego a ver bien desde acá).

Pocho, como una muestra de su coherencia, continuó simulando y encendió el televisor.

Buscó entre varios programas que se sucedían uno detrás del otro, impulsados por el continuo presionar del botón que decía “CH+” de su control remoto.

Decidió quedarse a ver Bonanza en algún canal de cable.

Pucho se puso a cebar mates, siempre dando la espalda a Pocho, en lo que puede interpretarse como un desafío personal a la hombría de Pocho.

Para hacerse compañía enciende una vieja radio que tiene sobre la mesa.

Hace girar un tosco dial hasta que consigue sintonizar el programa de radio de Victor Hugo Morales, en lo que puede interpretarse como una burla hacia la mediocridad intelectual de Pocho y su western de poco vuelo.

La tensión se hace cada vez mas evidente en el aire, a pesar de que los dos contrincantes continúan con sus actividades en aparente calma.

Claro que ninguno puede imaginar lo que está por suceder.

Es que justo entre los dos se interpone un tercer individuo, de sexo femenino, al que llamaremos “Pocha”.

Ni lerda ni perezosa se quita la ropa, se agacha para tomar el control remoto y se deja caer en un sillón.

Enciende el televisor y sintoniza A.M., el programa matutino con Leo Montero y Verónica Lozano.

No hay que ser un gran genio para darse cuenta del mensaje que Pocha quiere transmitir con su desnudez y el programa elegido, por lo que ni lo voy a mencionar en estas líneas por respeto al potencial lector. La reacción de Pocho, lejos de estar a la altura de las circunstancias, es de indiferencia.

Continúa viendo Bonanza sin demasiada atención, como pensando en otra cosa (¿ofendido por la elección de Pocha tal vez?).

Pucho en cambio con cierto nerviosismo no puede contener el mate en sus manos y en una serie de movimientos poco felices (intentando recuperar el mate que ya no se encuentra bajo su control) hace que un tercio de la yerba, junto con el agua contenida, caiga sobre la mesa.

Se levanta puteando a buscar algo para limpiar.

Cuando regresa, distraído en tal menester, no nota que Pocho apagó el televisor.

Varios mates después aparentemente lo nota y decide apagar la radio.

Se pone un saco que cuelga de un perchero y se dirige hacia la puerta de salida.

Pocha sigue desnuda sobre el sillón, pero el movimiento de Pucho la ha sacado del medio de los dos.

Ahora Pocho es el que se mueve, se pone unas zapatillas y sale a la calle.

Cada uno marcha hacia su trabajo, pero siempre uno frente al otro, en una línea recta que pronto contendrá al obelisco.

Y ahí sí que te quiero ver.

Mariano Quintero