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Número 67

Plaza Miserere

Al llegar a la avenida San Juan y Entre Ríos, sin decir nada, bajamos las escaleras del subterráneo.

Rainer estaba serio, como si ese descenso fuera al infierno, a la boca de la verdad.

Empezó por decir algo sobre el Salmo 50 y la Plaza Miserere, hasta donde la estación transportaba miles de almas en pena cada día.

Y contó una historia sobre la construcción de los túneles y los inevitables fantasmas que los recorrían; almas de trabajadores muertos durante la construcción.

Sin contar las almas en pena de los animales sacrificados en el antiguo matadero Miserere que había ocupado el predio y que terminó por darle el nombre a la plaza. En sus palabras el Miserere medieval perduraba a través de los tiempos, los instrumentos con los que se recitaban los salmos parecían sonar en la música de los trenes con su Apiádate bíblico. Por casualidad alguna vez había leído una explicación del Salmo 50 (Miserere, en latín) que describía el sentido de ese pedido de piedad personal, que se diferenciaba del pedido a Dios por el destino de una comunidad.

La piedad que se pide es por el peso de una paradoja: en tanto cada uno nace de la carne, en un acto de lujuria que lo antecede.

Además, el cuerpo manchado por el pecado es culpable de existir.

La moraleja es que Dios sabe esta paradoja y se apiada de uno según la respuesta que recibe.

Por eso el Miserere, el Apiádate, trata de conmover por la triste situación del que suplica sin nombrar el pecado de sus padres: habla de las aguas del abismo, de la acechanza de la muerte, de enemigos.

De perros, leones o toros que amenazan o desgarran.

De huesos que se secan o se quiebran.

Del corazón que palpita o se estremece. Las protestas de inocencias se mezclan con la confesión de algunos pecados.

¿Eso había hecho Rainer al contarme su encuentro con Elena, cuyo nombre resonaba en un delito sin nombre? En el viaje le pregunté si había leído el Salmo 50.

Sí, lo había leído por sugerencia de un consejero espiritual al que recurría cada tanto.

La última vez por su derrota en la disputa con Javier.

Disputa sin nombre, que ocurría sin explicaciones. El consejero le dijo que se ocupara un poco de su alma, que no intentara ocupar el lugar del Salvador. Al salir estábamos en Plaza Once, el otro nombre con sus múltiples resonancias había quedado en el silencio de los túneles y las indicaciones subterráneas que permitían hacer diversas combinaciones de líneas. Nunca volveríamos a hablar de ese viaje sin ningún sentido, que sólo justificábamos por lo que bebimos y comimos en un lugar llamado Plaza Miserere. Tuve ganas de recitar “bebe mi sangre, come de mi cuerpo”, callé para no molestar a Rainer.

Germán García