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DOMICILIO DESCONOCIDO

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Número 67

Interrogaciones

La diferencia entre un zorro gris y un hijo de puta como ése, no es sólo el color del uniforme.

A uno le falta cerebro, o lo tiene dormido, también las manos, parece, mientras flamea cada tanto los dedos todos juntos para que pasen los autos.

No hace falta que le enseñe a nadie cómo tiene que estacionar, o que señale el camino, o por dónde sigue la calle.

Se ve clarito.

Pero él insiste, como si quisiera saludar, hacerse ver.

Se agranda cuando saca el talonario de las multas y revisa los números, no sé, jugará buscando algún capicúa.

Multas no hace muchas, la gente es bastante tranquila en estos barrios de afuera. Me vine aquí a lo de mi vieja unos días, le mentí que era por las fiestas.

No pensaba escaparme, ya te dije, no hice nada al final.

Pero si me quedaba en el centro cada dos pasos me encontraba con un cana y se me paraban los pelos.

Sin embargo hasta aquí me siguió uno.

Tocó la puerta y tuve que salir. Así como estaba me llevaron a declarar por el asalto ocurrido en horas de la madrugada la misma noche que lo invité al tipo del bar.

El oficial que escribía en la Remington nuevita golpeaba contra el rodillo con una sola tecla como si me golpeara a mí para hacerme decir otra cosa, le acabo de decir que no vi nada, me fui como siempre, saludé y me fui a tomar el colectivo (no le dije que había quedado en encontrarlo en la confitería, para qué). El que me vino a buscar se miraba el uniforme azul que lo cubría con un brillo metálico oloroso.

Se sacaba un ramito de jazmín de leche que tenía en el bolsillo superior y se lo metía prácticamente todo en la nariz.

Terminaba su experiencia con cara de ganso y con voz de ganso me penetraba los oídos con la misma cantinela.

También yo quería oler la flor hipnótica y desaparecer.

Pero el tipo renovaba una fuerza de sonámbulo y volvía con sus frases dañinas haciéndolas sonar como preguntas.

Ya no daba más.

Al final me largaron.

Afuera me sentí peor.

Tenía el ruido de la máquina grabado en la espalda, en las pantorrillas, por todos lados.

De ahí en más empecé a respirar como una Remington. Mientras iba caminando por el bulevar hasta llegar a tu casa pensaba cómo puede ser que liberar a uno de los cargos te haga sentir culpable.

Me siento condenado a morir por la muerte de alguien que ni siquiera toqué, o no me acuerdo, que no se sabe si murió.

Nora Martinez